Homilía del Jueves Santo (B)

JUEVES SANTO (B)

Lecturas: Ex 12, 1-8.11-14; 1 Co 11, 23-26; Jn  13, 1-15

Eucaristía. Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 14). Con estas palabras de Cristo comienza la Última Cena. En el transcurso de la misma, el Señor va a instituir la Sagrada Eucaristía. Jesús sabe bien que celebra su última Pascua, y su Amor se desborda ante el ya próximo desenlace de su existencia terrena. Para que quede perpetua y eficaz memoria de su Sacrificio, deja a sus discípulos la prenda más valiosa de su paso por la tierra: la Eucaristía, bella expresión del amor de Jesucristo a los hombres. Este misterio de amor habla muy bien los sentimientos del Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía.

Cuando miramos al mar, el pensamiento de la inmensidad viene a nuestra mente; su grandeza nos asombra y llena de admiración… Todo lo grande, todo lo que es en cierto modo inconmensurable, lo solemos comparar con los mares, lo solemos llamar un mar. Pues bien, el sacramento de la Eucaristía es un inmenso mar, un mar sin fondo, un mar que ha brotado del Corazón de Jesús; un mar de poder, un mar de misericordia, un mar de gracia, un mar de amor (Beato Marcelo Spínola).

Sacerdocio. El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo junto con la Eucaristía, y marca toda la vida del quien lo ha recibido con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. La vida del sacerdote es de dedicación a Cristo, y requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría.

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Ser sacerdote significa convertirse en amigo del Señor. Sólo así puede hablar verdaderamente in persona Christi. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración, hombre de Dios. Comprobar que su sacerdote está habitualmente unido a Dios es el deseo de muchos fieles. A un abogado de Lyon cuando volvía de visitar al Cura de Ars le preguntaron: ¿Qué ha visto Ud. en Ars? Respuesta: He visto a Dios en un hombre.

Amor fraterno. También vosotros debéis lavaros los pies uno a otros (Jn 13, 14). ¿En qué consiste el “lavarnos los pies unos a otros”? La respuesta la da Benedicto XVI: Cada buena obra hecha a favor del prójimo, especialmente a favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El amor a Dios y el amor fraterno se funden entre sí.

Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (Benedicto XVI). Para el que ama, no supone sacrificio ayudar al hermano necesitado. Caminando por un sendero pedregoso, un hombre vio a una niña que llevaba a cuestas a un niño. Le preguntó: ¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? La niña, mirándole sorprendida, respondió: No es una carga, señor. Es mi hermanito.

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