Homilía del Domingo II de Pascua (Ciclo B)

DOMINGO II DE PASCUA (B)

Lecturas: Hch 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31

Identidad de Jesús. El apóstol Tomás no estaba presente en el Cenáculo cuando Cristo se apareció a los suyos el mismo día de la Resurrección. Ocho días después, sí. Hemos leído la escena de la incredulidad de Tomás. Las palabras del Señor: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente, ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Después de su muerte en la Cruz, los signos distintivos de la identidad de Jesús son sobre todos las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado.

La reacción de santo Tomás es un acto maravilloso de fe: Señor mío y Dios mío. A este respecto, san Agustín comenta: Tomás veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado. Espléndida jaculatoria es la profesión de fe de Tomás, para que nos salga del corazón cuando veamos la Hostia Santa.

La fe: don de Dios. Tomás es figura de los que dudan de Jesús, pero que luego se convierten. El Resucitado es el mismo que el crucificado. Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber visto. Comenta Benedicto XVI: Esta frase puede ponerse también en presente: “Bienaventurados los que no ven y creen”. En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros.

Tomás no creyó cuando oyó las palabras de los demás apóstoles, sino después de ver. Cristo también dijo: Bienaventurados los ojos que ven lo que veis (Lc 10, 23). Y comenta santo Tomás de Aquino: Tiene mucho más mérito quien cree sin ver que quien cree viendo. La fe es el comienzo -todavía oscuro ¡qué duda cabe!- de la visión beatífica de Dios. Porque así como ésta nos unirá completamente con Dios, así la fe nos une ya con Él. Por eso, no hay diferencia esencial entre la fe y la visión; ambas nos unen con Dios; la fe, todavía en la oscuridad del camino terreno; la visión, en la claridad de la luz que no tendrá atardecer.

Peregrinación en la fe. El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menor por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerda el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él (Benedicto XVI).

Dichosa tú, que has creído (Lc 12, 45). La Virgen María, aun siendo entre todas las criaturas humanas la más cercana a Dios, caminó día a día como en una peregrinación de la fe. Creyó cuando el mensajero de Dios le habló, y concibió en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios; creyó en las palabras de su Hijo, y por eso no fue a buscar entre los muertos al que está vivo. Y porque creyó todas las generaciones la llaman bienaventurada.

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