Homilía del Domingo IV de Pascua (Ciclo B)

DOMINGO IV DE PASCUA (B)

Lecturas: Hch 4, 8-12; 1 Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18

El buen Pastor. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Hemos leído una de sus enseñanzas más hermosas de Cristo: la del buen Pastor. La imagen del pastor, aplicada al gobierno espiritual del pueblo hebreo, era bien conocida en Israel. El rey David y otros profetas habían sido pastores en su juventud, y lo mismo los grandes Patriarcas. Y todos sabían que el Mesías vendría como Pastor único y definitivo para el pueblo y para el mundo entero. Jesucristo se identifica con el buen Pastor, en quien Dios mismo vela por su criatura, el hombre, reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos al verdadero pasto.

El buen Pastor cuida de sus ovejas, busca la extraviada, cura la herida y carga sobre sus hombros la extenuada. La humanidad es la oveja descarriada que no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas (Benedicto XVI).

Tres afirmaciones. Jesús afirma del buen Pastor tres cosas. Primera afirmación: da su vida por las ovejas. Esto es lo que hizo Cristo por nosotros en la cruz, pero también se entrega cada día en la Sagrada Eucaristía. Segunda afirmación: las conoce y ellas lo conocen a él. El buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre. Pero, nosotros, ovejas del rebaño de Cristo, ¿le conocemos a Él? ¿le seguimos confiados en su Palabra? ¿estamos atentos a sus silbidos amorosos, que nos previenen de los peligros?

Tercera afirmación: está al servicio de la unidad. Es una llamada a la unión de todos los que creen en su nombre. Tengo otras ovejas que no son de este apris­co, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. La misión de Cristo es universal, concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

Pastor de la Iglesia universal. Cristo se ocupa de que nunca falten los buenos pastores en su Iglesia y ha puesto como representantes suyos visibles al Papa y a los Obispos. Pastor de la Iglesia universal es el Papa. Cuando confirió el Primado a san Pedro, le dijo: Apacienta mis ovejas (Jn 21, 16). Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento.

Al comienzo de su pontificado nos pedía Benedicto XVI: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente.

 

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