Homilía del Domingo V de Pascua (Ciclo B)

DOMINGO V DE PASCUA (B)

Lecturas: Hch 9, 26-31; 1 Jn  3, 18-24; Jn  15, 1-8

Unión con Cristo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. La imagen de la vid y de los sarmientos ayuda a comprender la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que todos los miembros están unidos con Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, y en Él, unidos también los miembros entre sí. Sólo el sarmiento que está unido a la vid tiene vida. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Estas palabras del Señor es una advertencia. Quien no esté unido a Él por medio de la gracia tendrá el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego, en este caso, el fuego eterno del infierno.

Ahora bien, quien está unido a Cristo, ése tiene vida, la vida de la gracia, que es savia vivificante que capacita para dar frutos de santidad y apostólicos. Puesto que cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo (Concilio Vaticano II).

Fidelidad a la Iglesia. Toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles ‑porque todos los fieles son miembros de Cristo‑, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo (Pablo VI). La Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, un signo e instrumento de la unión íntima con Dios. Por tanto, quien no quiere pertenecer a la Iglesia no puede estar unido con Cristo y no puede salvarse.

A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida. Estar en la barca significa ser fiel a la Iglesia; es vivir en íntima comunión con los Pastores puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios; es aceptar con docilidad su Magisterio; es dar a conocer sus enseñanzas; es no dejarse arrastrar por doctrinas e ideologías contrarias al dogma católico.

Unión de los cristianos. Jesús, fuente de unidad y de paz, fortalece la comunión de tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que, con la fuerza del Espíritu, todos tus discípulos sean uno (Juan Pablo II). Siguiendo el ejemplo del Siervo de Dios Juan Pablo II, intensifiquemos nuestra oración por la unión de todos los que confiesan a Cristo, en un único rebaño y bajo un solo supremo Pastor; para que llegue pronto el momento de la plena comunión de todos los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo.

María está tan unida al gran misterio de la Iglesia, que Ella y la Iglesia son inseparables, como lo son Ella y Cristo. María refleja a la Iglesia, la anticipa en su persona y, en medio de todas las turbulencias que afligen a la Iglesia sufriente y doliente, Ella sigue siendo siempre la estrella de la salvación. Ella es su verdadero centro, del que nos fiamos, aunque muy a menudo su periferia pesa sobre nuestra alma (Benedicto XVI).

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