Homilía del Domingo VI de Pascua (Ciclo B)

DOMINGO VI DE PASCUA (B)

Lecturas. Hch 10, 25-26.34-35.44-48; 1 Jn 4, 7-10; Jn  15, 9-17

Cumplimiento de la voluntad de Dios. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Sólo cumpliendo la voluntad de Dios gozaremos de la amistad de Jesús, seremos de la familia de Dios. Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. Y ¿cómo cumplir la voluntad de Dios?: enteramente, en todo; con prontitud, alegría, amor y caridad.

La exigencia del Señor incluye renunciar a la voluntad propia para identificarla con la de Dios, no sea que, como comenta san Juan de la Cruz, nos ocurra como a muchos que querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les hace que muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios, y que, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios.

Elección divina. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros. Cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios; y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina. Cuenta con nosotros para difundir el sistema de vida que proclamó Jesús, cuyo mensaje siempre es actual. La Iglesia y el mundo necesitan personas con una entrega generosa, que estén dispuestas a dejarlo todo para seguir de cerca a Cristo.

Supliquémosle también nosotros, como el ciego de Jericó: Señor, ¡que vea! (Lc 18, 41). Que yo vea, Señor, cuál es tu voluntad; qué deseas de mi vida y cuál es tu designio sobre mi futuro y sobre mi vocación. Y concédeme una generosidad sin límites para seguirte en el camino que, con tu gracia, me vas indicando. Consideremos que la vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de entrega total.

Vocación y libertad. Dios respeta nuestra libertad pero necesita, quiere necesitar, de personas que le ayuden en la tierra a abrir los corazones de los hombres. Muchos se encierran en sí mismos porque piensan que Cristo es una amenaza para su propia libertad, un estorbo en la ansiosa búsqueda de la felicidad; nosotros sabemos, en cambio, que el único camino para ser verdaderamente libres y plenamente felices, ahora y toda la eternidad, es abrir las puertas del corazón a Cristo (Juan Pablo II).

Hay que dar la vida. Sabemos que nuestro mundo está herido por el odio, el pecado y la muerte… y que muchos no han recibido la Buena Noticia de que Dios los ama tiernamente. Los hombres tienen hambre y sed, ¡hambre y sed de Cristo!, de su perdón y misericordia. Vamos a decirle a Cristo, sinceramente, con plena libertad: Señor puede contar con nuestras vidas, para extender por todos los caminos tu mensaje de salvación.

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