Homilía en la fiesta de San Isidro, labrador

Homilía de la fiesta de San Isidro Labrador

Celebramos hoy, 15 de mayo, la fiesta de san Isidro labrador. Un santo cercano por su sencillez, por su vida de esposo y padre, y por su oficio de labrador. La Iglesia lo ha puesto como ejemplo -para todos los cristianos- de una vida vivida en el seguimiento de Jesús y de su Evangelio.

San Isidro es una persona que nos sirve de referencia por su estilo y su manera de vivir. Se hizo santo en esta misma tierra que pisamos. Cuando hablamos o pensamos en los santos, casi inmediatamente nos imaginamos unas personas especiales, como si tuviesen una composición diferente a la que tenemos nosotros.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica leemos: Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Todos estamos llamados a ser santos. El Concilio Vaticano II nos recuerda esta llamada a la santidad: Todos los fieles, cualesquiera que sea el estado o régimen de vida, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Es una llamada universal a la santidad. Nadie está llamado a la mediocridad, no existe un cristianismo de segunda clase, porque la meta es idéntica para todos los hombres y mujeres. San Isidro alcanzó la santidad. Y su camino de santidad es también el nuestro: Misa, trabajo, casa y prójimo.

San Isidro nació en 1080 ó 1082, en Madrid. Es muy posible que fuese bautizado en la iglesia de San Andrés. Su familia era de humilde condición. Él mismo, desde sus primeros años, trabajó como labriego al servicio de varios señores de la villa. A uno de ellos se le conoce como el caballero Vera. De esta primera época sólo nos cuentan sus biógrafos su total dedicación al trabajo y a la oración. Como dijo el papa Gregorio XV en la bula de canonización: Nunca salió al trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa Misa y encomendarse a Dios y a su Santísima Madre. Gustaba recorrer diariamente diversas capillas para hacer oración.   

Con la invasión de los almorávides, al frente de los cuales estaba Alí ben Yusuf, que venció al rey castellano Alfonso I el Batallador, y el posterior saqueo de Madrid, se vio obligado Isidro a huir a Torrelaguna. Allí conoció a María, joven natural de Uceda, con la que posteriormente contrajo matrimonio en la parroquia de Santa María. Fue su esposa -santa María de la Cabeza- mujer de excelentes cualidades y, al igual que Isidro, amante de su trabajo y asidua en la oración.

Fruto de esta fue Illán, hijo único, del que se cuenta que siendo niño cayó a un pozo del que salió ileso por obra de la divina Providencia. Por esta época Isidro sufrió la incomprensión y envidia de muchos de sus compañeros, que incluso llegaron a calumniarle ante los señores. Pero su irreprochable honradez salió siempre a flote.

Pasada la crisis de la invasión almorávide y estando siempre presente la añoranza por su lugar de origen, decidió volver a Madrid. Allí entró al servicio del caballero Iván de Vargas, el cual pasado un tiempo, le puso allí al frente del laboreo y cuidados de sus tierras. De este tiempo parece que data la historia del famoso milagro de los bueyes conducidos por dos ángeles que suplían el trabajo de Isidro, mientras éste se dedicaba a la oración.

San Isidro murió de edad muy avanzada. Próximo a expirar hizo humildísima confesión de sus faltas, recibió el Viático y exhortó a los suyos al amor de Dios y al prójimo. Fue enterrado en el cementerio de San Andrés, donde permaneció cuarenta años, al cabo de los cuales fue trasladado al cementerio común de la iglesia donde lo bautizaron. Cuando fue exhumado, el cuerpo del santo fue encontrado incorrupto. El 14 de junio de 1619 fue beatificado por el papa Paulo V y el 12 de marzo de 1622 canonizado por Gregorio XV a instancias del rey de España Felipe III.

La historia dos veces milenaria de la Iglesia es una historia de santidad. Una historia en las que están marcadas unas huellas, las que con sus pisadas dejaron por el camino del mundo los hombres santos y las mujeres santas. En los veinte siglos transcurridos ha habido infinidad de santos. Unos están canonizados, es decir, la Iglesia ha reconocido que vivieron santamente; otros, la inmensa mayoría, no han sido canonizados, pero igualmente son santos y están gozando de la visión beatífica, porque amaron a Dios y pusieron empeño en seguir las enseñanzas del Evangelio. La característica común a todos los santos es su amor a Dios.

Ahora bien, los caminos por los que llegaron a la santidad son diversos. Algunos se retiraron al desierto para hacer penitencia, por ejemplo, san Antonio Abad; otros, se hicieron monjes o frailes como santo Tomás de Aquino y santa Teresa de Jesús; también están los mártires, es decir, los que murieron antes que renegar de su fe dando su vida por Cristo, como son los casos de san Sebastián y de santa Inés. Muchos se dedicaron al cuidado de los enfermos, y así tenemos a san Damián de Molokai, que se fue a vivir con los leprosos de Molakai para atenderlos tanto material como espiritualmente, y la beata Madre Teresa de Calcuta, que dedicó su vida al servicio de los pobres más pobres. Pero a la mayoría de los cristianos Dios les pide que se santifique en su trabajo ordinario y en su familia. Y de éstos tenemos los ejemplos maravillosos de san José, el esposo de la Virgen María, y el santo que celebramos hoy, san Isidro labrador.

Igualmente ha habido santos de todas las edades. En el año 2000, el del Gran Jubileo, el papa beato Juan Pablo II beatificó a dos niños, Jacinta y Francisco, videntes de la Virgen en Fátima. Meses después, durante el mismo Año Santo, declaró beato a Juan XXIII, que murió anciano con más de ochenta años. Santa Teresa del Niño murió en la flor de la vida con veinte y pocos años. San Francisco de Asís cuando tenía cuarenta y dos años fue llamado por Dios.

Y también hay que decir que de todas las clases sociales hay santos. Reyes como san Fernando III, rey de Castilla; de familia humilde y numerosa como santa Catalina de Siena; del mundo de la política y de las leyes está santo Tomás Moro; san Roque perteneció a una familia rica. Y podríamos continuar…, pero no es cuestión de hacer ahora una lista interminable de santos.

Los santos -las santas- no son seres extraterrestres que aparecen en nuestro planeta, sino hombres -mujeres- de carne y hueso, con cuerpo y alma. Y en esta tierra que pisamos ellos -ellas- alcanzaron la meta de la santidad, porque, a pesar de sus flaquezas y miserias, lucharon -ayudados por la gracia divina- para mantenerse siempre fieles a Dios, amándole de todo corazón.

Cada santo -cada santa- es un regalo de Dios para la Iglesia, y que la esposa de Cristo -la Santa Iglesia- lo pone como ejemplo para que le imitemos en la fidelidad y amor de Dios, así como su lucha contra las tentaciones y pasiones, y en su esfuerzo para hacer el bien. Hoy, 15 de mayo, la Iglesia quiere que nos fijemos en san Isidro. Él siguió el camino que Dios le había trazado. Su vida fue santa porque supo encontrar a Dios en los deberes cotidianos, familiares y profesionales. Bien entendió las palabras del Señor: Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6, 33).

Y nosotros, peregrinos aún por esta tierra, debemos caminar siempre hacia delante con la mirada puesta en Dios. Decía el papa Pablo VI: Por encima de todo necesitamos santos. Mirando el estado en que se encuentra hoy el mundo os recuerdo que la mayor necesidad que tienen las naciones es ésta, la de la santidad. Y este mundo en que vivimos lo transformaremos a mejor si los cristianos nos tomamos en serio la llamada de Dios para alcanzar la santidad, si estamos bien unidos al Señor. Entonces seremos capaces de hacer un mundo mejor, más fraterno, más cristiano, más de Dios.

¿Dificultades?… Sí, las hay, pero a pesar de nuestras limitaciones, de las miserias propias, podemos alcanzar la meta de la santidad porque no nos faltará nunca la ayuda de la gracia. Hay que estar convencidos de esto. En nuestra época, con todas sus luces y sombras que queramos, Dios nos pide que seamos más coherentes con la fe recibida en el bautismo. Para nosotros, esta época que vivimos -el comienzo de un siglo y de un milenio- son momentos buenos, aunque el mundo esté como esté -la sociedad casi paganizada-, porque Dios cuenta con nosotros, los cristianos, para llevar la luz de Cristo, la verdad del Evangelio, a todos los lugares, con el testimonio de una vida auténticamente cristiana.

La santidad exige esfuerzo por nuestra parte. Exige más enamoramiento de Dios, más servir a nuestro prójimo, más luchar contra el egoísmo, más vencer la pereza. Exige pelear contra la inclinación al mal que todos llevamos dentro, luchar contra la soberbia y contra los enemigos de nuestra alma: mundo, demonio y carne. Exige cumplir en todo la voluntad de Dios, que se manifiesta en el cumplimiento de los deberes familiares, laborales y sociales, y, por supuesto, nuestros deberes religiosos, entre otros, cumplir con el precepto de oír misa todos los domingos. La santidad está reñida con el conformismo. Hay personas que se conforman con no hacer nada malo. Pero esto no basta. Para ser santo hay que hacer mucho bien.

En una ocasión, un hombre preguntó a su párroco qué debía hacer para vivir bien, como un buen cristiano. Recibió como respuesta estas sencillas palabras: Cuando hoy vuelva a su casa y se siente a la mesa para cenar, pregúntese: ¿cómo se comportaría Cristo si estuviese en mi lugar? Pues bien, que cada uno se pregunte con frecuencia: En este momento, ¿cómo actuaría Cristo si estuviese en mi lugar?

San Isidro nos ha dejado el ejemplo de una vida santa en medio de los quehaceres diarios. Dejemos ya la idea equivocada que los santos fueron seres distintos al resto de los mortales. Los santos de hoy día son personas que trabajan en el campo, o en las fábricas u oficinas, en los hospitales o en los despachos, o en el propio hogar. No olvidemos nunca que la persona más santa que ha habido -la Virgen María- fue ama de casa. Se desplazan por carretera, ya sea en autobús o en coche propio, o en tren o metro, y también los hay que habitualmente utilizan el avión. No son fantasmas que pueden atravesar la calle cuando el semáforo está en rojo para los peatones sin peligro de ser atropellados. También a ellos les interesan las realidades de este mundo, por ejemplo, se interesan por el precio de los alimentos, les fastidia la subida del precio de la gasolina. Y acuden al sacramento de la penitencia arrepentidos para confesar sus pecados, sus malos humores, sus enfados, sus orgullos, sus perezas, sus tentaciones fuertes, porque son de carne y hueso.

Los santos -las santas- no llevan etiquetas. Son personas que procuran poner amor de Dios en todo lo que realizan; que rezan y frecuentan los sacramentos. Y cada uno de los aquí presentes deber ser una de esas personas que aspiran a la santidad.

Se cuenta de cierto ermitaño llamado Macario que cuando quería alentar a sus monjes al trabajo, o a la oración, tenía la costumbre de decir: Algunos de nosotros vamos a rezar, otros a trabajar. Los que rezan rezarán por los que trabajan; y los que trabajan trabajarán por los que rezan. Pues bien, para cada uno de nosotros, que somos  cristianos corrientes en medio del mundo -sin vocación de ermitaño-, no van dirigidas las palabras de Macario. Lo nuestro es trabajar y rezar, sin dejar la oración por el trabajo no viceversa. Es más, debemos hacer del trabajo oración. Y el trabajo será oración: si es un trabajo honrado; si lo hemos ofrecido a Dios; si está bien hecho -Dios no quiere que le ofrezcamos chapuzas, cosas mal hechas-; si lo hacemos en presencia de Dios -el trabajo no impide el trato con Dios-; si hay rectitud de intención; si ponemos un motivo sobrenatural a nuestra labor profesional; si al desarrollarlo cumplimos con todas las obligaciones profesionales y sociales.

En la iconografía de san Isidro se suele representar al Santo rezando mientras dos ángeles están con los bueyes arando, y esta representación puede inducir a engaño. San Isidro no dejó de cumplir sus deberes laborales para dedicarse a los rezos. Pero tampoco abandonó sus oraciones y sus prácticas de piedad por el trabajo. El origen de las imágenes de san Isidro con los ángeles arando los campos está en la actitud de Iván de Vargas que, en cierta ocasión, pensó que la vida de piedad de san Isidro iba en detrimento de sus campos. En un bello poema Lope de Vega recoge el suceso milagroso. Bastante enojado Iván de Vargas fue al campo para recriminar a san Isidro la dedicación de algún tiempo a su vida de piedad en vez de dedicarlo a las faenas agrícolas. Ya en el campo vio a los ángeles con los bueyes supliendo al Santo.

Pidamos a san Isidro labrador, cuya fiesta estamos celebrando, su ayuda para que al igual que él sepamos encontrar la intimidad con Dios en medio de nuestras tareas cotidianas.

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