Homilía del X Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Gn 3, 9-15; 2 Co 4, 13 – 5, 1; Mc 3, 20-35

Parientes del Señor. Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera. En arameo -la lengua hablada por Jesús- se usaba la expresión “hermanos”, para designar también a los sobrinos, primos y parientes en general. Así, en el Génesis aparecen Abrahán y su sobrino Lot, y en algún momento se refieren a ellos como hermanos. Por eso, la Iglesia siempre ha entendido este pasaje como no referidos a otros hijos de la Virgen María. Estos hermanos aludidos son, pues, parientes próximos de Jesús.

¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?, se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: Quien hace la voluntad de Dios. El Señor afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios otorga un parentesco con Él más estrecho que el natural de la sangre. Por eso, la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que la Virgen María es la criatura que mejor ha correspondido al querer de Dios.

La esperanza del perdón. Adán y Eva perdieron el trato familiar con su Creador por el pecado. Éste, como todo pecado, consistió en no cumplir el mandato de Dios. En la 1ª lectura está el primer anuncio de salvación, del Redentor: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón. Nuestros primeros padres fueron expulsados del paraíso terrenal por desobedecer a Dios. Salieron tristes por haber perdido la amistad con Dios y los dones sobrenaturales y preternaturales, pero con la esperanza del Mesías.

No hay que perder nunca la esperanza. Cuando el hombre pecó, Dios no lo abandonó al poder de la muerte, sino que se compadeció de él y decidió salvarle. Contó Juan Pablo I: Alguno quizá diga: Pero, ¿si soy un pobre pecador? Le responderé como respondí, hace muchos años, a una señora desconocida que vino a confesarse conmigo. Estaba desalentada, porque decía que había tenido una vida moralmente borrascosa. ¿Puedo preguntarle -le dije- cuántos años tiene? -Treinta y cinco. -¡Treinta y cinco! Pero Ud. puede vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años y hacer un montón de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pecado, piense en el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida. 

El camino de la gloria. En la 2ª lectura hemos leído: Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. Porque todo es para vuestro bien. Estas palabras de san Pablo nos hablan de la esperanza de conseguir una gloria eterna. Esta vida terrena no está exenta de tribulaciones, y tiene fin. Por eso nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Por eso le decimos al Señor, con palabras del Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sal 146, 10).

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