Homilía del XI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Ez 17, 22-24; 2 Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34

Una misión concreta. Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender. En nuestros días la tarea evangelizadora de la Iglesia es urgente, pues una gran indiferencia religiosa colorea de incredulidad el globo terráqueo. Un desinterés -cada vez mayor- por la formación en la fe recibida se palpa en la vida de muchos cristianos. Hay quienes olvidan que la fe es vida, que las verdades religiosas hay que convertirlas en motor de la propia vida, procurando que influyan en la conducta cotidiana. Bastantes personas bautizadas viven despreocupadas en lo que se refiere a la Religión.

Ante este panorama, hay que reaccionar. Hemos de ser puntos de luz ahora que hay tanta oscuridad e ignorancia de Dios; hemos de ser fuego para encender tantas almas que están apagadas; hemos de ser torrente de ilusión para contagiar nuestros ideales cristianos a los demás; hemos de ser fermento de caridad para romper las cadenas del odio reavivado por los enemigos de la Iglesia; hemos de ser de los que anuncian el Evangelio de la paz y cosas buenas para superar el mal con el bien.

Tarea primordial. El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. La semilla que hay que esparcir es la Palabra de Dios, la doctrina de Cristo. Si hay siembra, siempre habrá fruto. La siembra se realiza con la catequesis, que es una de las tareas primordiales de la Iglesia, a la que siempre ha dedicado sus energías. Se ha dicho que un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla en el campo.

Hay que catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos; transmisores del Cristianismo desde la alegría, pues Dios está vivo y es la fuente de la alegría y de la felicidad. Sí, catequesis en la familia, pero también en las parroquias y en los colegios con ideario cristiano.

Estudio del Catecismo de la Iglesia Católica. La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio, y de esto es de lo que tiene necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni la Iglesia fundada por Él. Es la enseñanza de la Doctrina cristiana que todo bautizado, está obligado a aprender para cumplir sus obligaciones de cristiano; y cuyas partes principales son las verdades que se deben creer, los mandamientos que hay que cumplir, y los medios que tiene a su disposición para santificarse: la oración y los sacramentos.

Repasemos con alguna frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica. Nos vendrá muy bien para combatir la ignorancia religiosa con la doctrina; para catequizar con don de lenguas; para fomentar la vida de piedad, orientando el alma hacia el amor a Dios, a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; para enseñar a rezar, explicando a quién se reza y por qué se reza.

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