Homilía de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (B)

Lecturas: Hch 12, 1-11; 2 Tm 4, 6-8.17-18; Mt 16, 13-19

Dimensión universal. El Señor me asistió y me fortaleció para que, por medio de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Estas palabras de san Pablo a Timoteo resumen la tarea apostólica del apóstol de los gentiles. A partir del momento de su conversión puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de cumplir su misión de propagar por todos los rincones de la tierra el mensaje salvífico de Jesús. No repara en sacrificios y se entrega sin reservas a su tarea apostólica.

Con su conducta, san Pablo nos enseña que lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, estar en comunión con Cristo y con su palabra. Además, nos hace ver la dimensión universal del apostolado. De cien, nos interesa cien, decía san Josemaría Escrivá. Y es lo que hizo san Pablo, que se dedicó a dar a conocer la buena nueva, es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

Cuestión de fe. En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor de Cristo. Sufrió toda clase de penalidades, experimentado en prisiones, en azotes, en peligros de muerte, en trabajos, nada le hace detenerse en su predicación. Él mismo escribe sus padecimientos en la Primera carta a los corintios. El joven Saulo se ha convertido en un gigante que recorre todo un imperio anunciando a Cristo.

Hoy encontramos un ambiente difícil para el apostolado, pero no más difícil que el que se encontraron los Apóstoles. Estos predicaron el Evangelio llenos de fe y cristianizaron un mundo pagano. Preguntémonos: ¿Cómo es nuestra fe a la hora del apostolado? ¿Estamos verdaderamente convencidos de que, como escriba San Juan, “ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”? ¿Sabemos actuar en consecuencia? ¿Afrontamos las dificultades que puedan presentarse con espíritu optimista, con moral de victoria? Y para eso, ¿apoyamos cada actividad apostólica concreta en la oración y en el sacrificio? ¿Damos testimonio de nuestra fe, yendo contra corriente si es preciso? (Mons. Javier Echevarría).

Llamada urgente. Pablo, enamorado del Señor, sin más medio que la fe en Cristo Crucificado y Resucitado, y animado por una esperanza segura y alegre, realizó varios viajes por la ribera del Mediterráneo para implantar en ciudades y naciones la enseñanza del Maestro divino. Se esforzó continuamente por incrementar el número de los discípulos de Cristo. No desaprovechó ninguna oportunidad para anunciar al que para muchos era el dios desconocido.

Fue el Espíritu Santo quien impulsó a Pablo a anunciar las grandes obras de Dios. Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16). Cada uno de nosotros también debe sentirse enviado por Dios para dar testimonio de Cristo en la sociedad de nuestros días. Es la hora de emprender una nueva evangelización y no se puede faltar a esa llamada urgente que nos hace Dios.

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