Homilía del XIV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Ez 2, 2-5; 2 Co 12, 7-10; Mc 6, 1-6

Basta la gracia. Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás para que me abotefee, y no me envanezca. Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Cuando el Apóstol de los gentiles pidió a Dios que le librase de aquel aguijón, el Señor le dijo: Te basta mi gracia.     

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La insistencia del tentador. La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI).

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

Lucha continua. En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (San Agustín).

La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

 

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