Homilía del XV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Am 7, 12-15; Ef 1, 3-14; Mc 6, 7-13

Elegidos para la santidad. Vete, profetiza a mi pueblo Israel. Dios tomó a Amós de detrás del rebaño y le mandó profetizar. Cristo llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos. Los apóstoles se marcharon y predicaron como el Señor les había mandado. En ambos caso hay una llamada de Dios y una misión: anunciar la palabra de Dios, dar a conocer el misterio de su voluntad. Esto es lo que hace san Pablo. En Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…), ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos.

Además, hemos sido predestinados a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo. Ésta es la Buena Nueva: Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (Juan Pablo II). La participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

Santidad en la vida ordinaria. Con palabras de san Josemaría Escrivá, podemos decir: “No hay otro camino; o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. El  Señor sigue llamando a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto (Juan Pablo II).

Para ser santo hay que tener un trato con Dios a lo largo de la jornada -trabajo y descanso, vida familiar y apostolado-. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos, puesto que todo nos viene de Dios. Ser de Dios es darle nuestra inteligencia con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras ideas… Pero también hay que darle nuestro corazón, de tal forma que nuestros deseos, afectos, amores y voluntad sean para Dios.

Filiación divina. Por beneplácito de su voluntad nos llamamos y somos hijos de Dios. La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. Él, que es el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre.

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios. La filiación divina es el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, exclamamos con san Pablo al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

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