Homilía del XVII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: 2 R 4, 42-44; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15

La limosna. Hemos leído el milagro de la multiplicación de los panes. Al ver la gran muchedumbre que le seguía, Jesús se compadeció de ella. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió. Su corazón misericordioso le llevó a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo (Benedicto XVI).

Deber de justicia. No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono  Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

Características de la limosna. La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad.

De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).   

 

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