Homilía del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Ex 16, 2-4.12-15; Ef 4, 17.20-24; Jn 6, 24-35

Un lugar para Dios. ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? La respuesta a esta pregunta nos interesa. Salió de labios de Jesús: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Hace dos mil años que Dios envió al mundo a su Hijo, el Mesías esperado no sólo por Israel, sino por toda la humanidad. ¿Y que pasó? Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). ¿Quiénes eran los suyos? Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquél por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge (Benedicto XVI).

¡Qué triste! A veces estamos tan ocupados en nosotros mismos que necesitamos todo el espacio y todo el tiempo para nuestras cosas, y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros, o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Los que recibieron a Jesús. Afortunadamente, a la noticia negativa que aparece en el Prólogo del Evangelio de San Juan, se contraponen otras positivas: el amor que encontró Jesús en su madre María; la fidelidad de san José; la alabanza a Dios que salió de los labios de los pastores por todo lo que habían oído y visto (Lc 2, 20); la visita de los sabios Magos, llegados de lejos. Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen. ¿Somos de los que reciben a Cristo? ¿Le hemos abierto de par en par las puertas de nuestro corazón? ¿Dejamos que la luz del Redentor entre en nuestra vida?

¡No tengamos miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Abramos a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. Salgamos al encuentro del Señor. ¡Sólo Él tiene pala­bras de vida eterna!

Testimonio del Evangelio. Fijemos nuestra mirada en Jesús, nuestro Redentor. Veamos su rostro en el prójimo que sufre y necesita ayuda; en el hermano que tiene necesidad de nuestra palabra y de nuestro afecto; en el inmigrante que busca un puesto de trabajo. Testimoniemos que Dios es Amor. Creamos en quien Él ha enviado. Pues cristiano es quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición.

El Señor espera de nosotros que nuestra vida cristiana sea auténticamente cristiana, porque a todas horas sigamos de cerca a Jesús, procurando entronizarle en las circunstancias -una a una- de nuestra jornada, también en esas que parecen nimias, sin categoría humana: Él se encargará de que adquieran relieve divino (Mons. Javier Echevarría).

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