Homilía del XIX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: 1 R 19, 4-8; Ef 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51

Alimento divino. Levántate y come, porque aún te queda un largo camino. Estas palabras del ángel dirigidas a Elías también están dichas para nosotros. Estamos recorriendo el camino de la vida. A veces, al vernos sin fuerzas y saber que en este mundo encontraremos dificultades, nos puede pasar como al profeta, que sintió deseos de morir y dijo: Basta ya, Señor. Pero el Señor quería que Elías caminara hasta el monte de Dios. Por eso lo alimentó con un pan cocido en la brasa. Anteriormente, Dios había alimentado a los israelitas con el maná en el desierto para que pudieran llegar a la tierra de promisión.

En el pasaje evangélico que hemos leído, vemos cómo Cristo también ha querido dejarnos un alimento para fortalecernos espiritualmente. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Este pan que nos da es su propia carne, el único pan verdadero y alimento sustancial de las almas. Alimentados con la Eucaristía llegaremos al monte de Dios, al Cielo. Decía san Agustín: Quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera.

Comunión frecuente. Es deseo de Jesucristo y, por tanto, de la Iglesia, que los fieles reciban con frecuencia la sagrada comunión. Porque los fieles unidos con Dios por medio del sacramento de la Eucaristía están fortalecidos, y así pueden crecer en el amor a Dios, dominar la concupiscencia, vencer las tentaciones, borrar las culpas leves y evitar los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta.

Habrá quien diga: por eso, precisamente, no comulgo más a menudo, porque me veo frío en el amor. Y, ¿por qué te ves frío quieres alejarte del fuego? Precisamente porque sientes helado tu corazón debes acercarte más a menudo a este Sacramento, siempre que alimentes sincero deseo de amor a Jesucristo. “Acércate a la Comunión ‑dice san Buenaventura‑ aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se halla uno, tanta mayor necesidad tiene de médico” (San Alfonso María de Ligorio).

Frutos de la Comunión. Nutridos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, seremos fuertes en la fe, testigos de esperanza para todos y activos en las múltiples aplicaciones de la caridad; superaremos las insidias del mal; venceremos las tentaciones del egoísmo. Nuestra unión con Jesús Sacramentado se traducirá en amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia y compañeros; en el empeño por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario, ya que la Sagrada Eucaristía es fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

El mejor de los alimentos no sirve para nada a los que están muertos. Por tanto, la Comunión no es para las personas que tienen su alma muerta por el pecado. Para recibirla con frutos, hay que estar en gracia de Dios. Si uno tiene algún pecado grave, antes de comulgar debe confesarse.

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