Homilía del XX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Pr 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

Norma del actuar humano. Deja la simpleza y vivirás, avanza por los caminos del discernimiento, nos aconseja el autor del libro de los Proverbios, que no es otro que Dios. En el evangelio de la Misa de este domingo, está lo que dijo Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. La doctrina de Cristo nos permite andar por la senda del discernimiento, tener la conciencia bien formada. Decía Juan Pablo II: El camino del amor según Cristo es un camino difícil, exigente. Hay que ser realistas. Los que no os hablan más que de espontaneidad, de facilidad, os engañan. Sed hombres y mujeres de conciencia. No sofoquéis vuestra conciencia, no la deforméis; llamad con su nombre el bien y el mal.

La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta; es decir, verdadera y segura de sí misma, y no dudosa ni culpablemente errónea. De ahí la necesidad de formar bien la conciencia, de conocer la moral cristiana. Quizá en nuestra vida, por debilidad, podremos hacer cosas mal hechas. Pero las ideas claras, la conciencia clara: lo que no podemos es hacer cosas malas y decir que son cosas santas (San Josemaría Escrivá).

Formación de la conciencia. La conciencia es el juicio sobre la rectitud, sobre la moralidad de nuestros actos, tanto si los consideramos en su devenir habitual como en la singularidad de cada uno de ellos. No dejemos que la cultura del placer adormezca nuestra conciencia. Vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente, declaró un famoso actor de cine. Y san Gregorio Magno: No hay almohada más agradable y blanda para descansar que la buena conciencia.

Para formar bien nuestra conciencia, ante todo debemos iluminar nuestra mente acerca de la voluntad de Cristo, de su ley, de su camino. Es decir, conocer la doctrina católica, los mandamientos de Dios y de la Iglesia. A veces, para adquirir criterio es necesario pedir consejo. También podemos acudir al estudio de la tercera parte del Catecismo de la Iglesia Católica, titulada: La vida en Cristo, y que trata de la Moral.

Inmutabilidad del Decálogo. Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. Esta ley es inmutable, no cambia con los tiempos. Lo que era pecado ayer, continúa siéndolo hoy y lo será mañana. No nos podemos acostumbrar nunca al mal. El pecado sigue siendo pecado, aunque esté legalizado, como es el caso del aborto. Nosotros no podemos ser cómplices del pecado, ni acostumbrarnos a él. El hecho de que lo haga mucha gente, por ejemplo la cohabitación antes de estar casados, no lo convierte en bien ni le quita la malicia.

El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí surgen inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así, el pecado tiende a acallar la voz de la conciencia. Y éste es el mayor mal de nuestra época: no ver pecado en nada, no discernir el bien del mal.

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