Homilía del XXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Jos 24, 1-2a.15-17.18b; Ef 5, 21-32; Jn 6, 60-69

Fidelidad a Dios. En la 1ª lectura hemos leído la decisión del pueblo elegido de permanecer fiel a Dios. Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses; porque el Señor es nuestro Dios. En el pasaje evangélico de la Misa está la respuesta de Simón Pedro a Cristo, tras la desbandada de muchos de sus discípulos. Jesús pregunta a sus apóstoles: ¿Queréis iros vosotros también? Cada de nosotros le puede decir a Jesús, con las mismas palabras de san Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

La vida del cristiano debe ser una historia admirable de fidelidad a Dios, con un amor encendido a Cristo. Es el único camino para alcanzar el Cielo. Que Dios pueda decirnos estas palabras: Me acuerdo de tu fidelidad al tiempo de tu adolescencia; de tu amor hacia mí cuando te desposé conmigo; de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra (Jr 2, 2). La vida se acaba con la muerte: todos hemos de morir. Y después viene el Juicio, el Infierno, el Purgatorio o la Gloria. Para nosotros, si somos fieles, vendrá el Paraíso.

Palabras de vida. ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? ¡Cuántas veces decimos esto mismo! Nos parece muy exigente la doctrina del Evangelio. ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos! (Benedicto XVI).

Pongamos nuestra confianza en Dios, que nos pide un abandono confiado en sus manos. Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvados (Hch 4, 12). En el Evangelio nos habla Dios. Escuchemos a Cristo y obedezcamos su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor.

Vale la pena. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Cristo habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor, y les ofrece su compañía. Vive su vocación cristiana quien acepta este ofrecimiento, quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición.

La senda que hemos de recorrer la ha trazado Nuestro Señor durante su vida terrena. Estamos llamados a caminar por ese sendero marcado por las huellas de Cristo. Somos conscientes de que seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. ¿Quién irá de buena gana por un camino de rosas y flores si va a parar a la muerte, y quién rehusará un camino áspero y dificultoso si va a parar a la vida? (San Juan Crisóstomo). Siempre vale la pena ser fiel a Cristo. Dios no se deja ganar en generosidad.

 

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