Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Is 35, 4-7; St 2, 1-5; Mc 7, 31-37

Misión del cristiano. En el pasaje evangélico, hemos leído la curación milagrosa de un hombre sordomudo. Cuando Cristo dijo effetha (ábrete), a aquel hombre se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. En este milagro podemos encontrar una imagen de la actuación de Dios en las almas: para creer, es necesario que Dios abra nuestro corazón, a fin de que podamos escuchar su palabra. Y después, anunciar con nuestra lengua las riquezas insondables de las enseñanzas de Cristo.

Todo bautizado ha de confesar a Cristo ante el mundo, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado. El verdadero apostolado busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa (Concilio Vaticano II). Después de haber encontrado a Cristo, después de haber descubierto quién es Él, se debe sentir la necesidad de anunciarlo.

Tarea inmensa. Hay que hablar de Dios a todos los hombres: a los niños, a los mayores, a los creyentes, a los que no creen, a los jóvenes, a los intelectuales, a los obreros, a todas las clases sociales, a los genios, a los políticos, a los que gobiernan, a los pobres, a los ricos, a los enfermos, a los sanos, a los que sufren, a los que mueren. El apostolado no depende del carácter, ni del temperamento, ni del tiempo, ni de los años, ni de la salud, ni del ambiente, ni de las circunstancias, ni de las ocasiones, ni del entusiasmo, ni de la fogosidad. Depende del amor de Dios que llevemos en nuestro corazón.

La tarea apostólica que el Señor nos encomienda es inmensa. Tengamos, pues, espíritu de iniciativa para hacer apostolado. Preguntémonos: ¿cómo puedo hacer apostolado? Seguramente encontrarás varias respuestas, y si no, coméntalo con alguien que te pueda orientar. Además, presentemos nuestros ideales cristianos de modo atrayente, con convencimiento.

Urgidos por el amor de Dios. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio; es tiempo de predicarlo. Como los apóstoles, que predicaron a Cristo y la Buena Nueva de la salvación en las plazas de las ciudades y de los pueblos. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia: no fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a Dios. Hay que difundir las maravillas del Señor (…). Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esto es una labor vuestra (San Josemaría Escrivá). Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas.

 

Pidamos a Santa María, Reina de los Apóstoles, que nos sintamos urgidos por el amor de Cristo a anunciar la Buena Nueva por todas partes. Todos los fieles de Cristo estamos llamados a trasmitir la fe de generación en generación, anunciándola, viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia y en la oración.

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