Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Is 50, 5-9; St 2, 14-18; Mc 8, 27-35

Odio del mundo a los discípulos. Mirad: el Señor Dios me sostiene, ¿quién podrá condenarme? En la historia bimilenaria siempre ha habido persecuciones contra los discípulos del Señor. Cuando se habla de persecuciones contra los cristianos, no hay que remontarse sólo a los primeros siglos, a las persecuciones de los emperadores romanos. La Iglesia ha sido atacada en todas las épocas. Ya lo dijo Cristo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. (Jn 15, 18).

Durante una audiencia pública, el beato Pío IX preguntó a un seminarista: ‑¿Cuántas son las notas de la Iglesia? El seminarista respondió. –Cuatro: la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. –Son cinco, ¿cuál falta? -dijo el Papa. El seminarista no supo contestar. Entonces el beato Pío IX dijo: ‑La Iglesia perseguida. ¿No te acuerdas? “Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros; (…) Pero todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre” (Jn 15, 20‑21).

Un milenio para la esperanza. Como todos sabemos, el siglo XX fue un tiempo de martirio. Muy bien lo puso de relieve el Papa Juan Pablo II, que pidió a la Iglesia “actualizar el Martirologio” y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Por tanto, si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio se puede esperar un renovado florecimiento de la Iglesia, especialmente donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio (Benedicto XVI).

Morir por la fe es don para algunos, para todos aquellos que Dios concede la palma del martirio; pero vivir la fe es una llamada para todos. No damos la vida sólo en el momento de la muerte: debemos darla día a día, siendo testigos de Cristo en el mundo actual. También en estos albores del siglo XXI se persigue a los cristianos. Hay un laicismo sectario y anticatólico que pretende que lo religioso no tenga ninguna influencia en la vida ordinaria de los hombres, además de querer ridiculizar a los creyentes. Pero esta pretensión es como tratar de morder un bloque de granito. La victoria siempre caerá del lado de Dios.

Sin respetos humanos. El testimonio que debemos dar de Cristo está reñido con los respetos humanos. Éstos son consecuencia de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios. A veces, están respaldados por el miedo a poner en peligro un cargo público, o por el deseo de no distinguirse de los demás. Dejarse llevar por los respetos humanos, o el temor al que dirán, es propio de personas débiles en su fe, sin convicciones profundas ni criterios claros.

Hay que vencer los respetos humanos, y actuar en medio del mundo tomando siempre una postura coherente con la fe. Es posible que, en ocasiones, entre compañeros, en el trabajo, no sea lo más cómodo. Pero en esas situaciones difíciles no hay qué preguntarse qué es lo mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera el Señor de uno. Que podamos decir como el profeta Isaías: El Señor Dios me sostiene, por eso no me siento avergonzado.

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