Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Sb 2, 12.17-20; St 3, 16 – 4, 3; Mc 9, 30-37

¿Qué es el mundo? En la 2ª lectura, Santiago el Menor claramente nos dice que las guerras y peleas entre los hombres proceden de sus pasiones. El pecado de Adán rompió la armonía que existía en el mundo; se desataron las pasiones. El hombre estropeó el mundo que Dios había creado. ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios (St 4, 4). ¿Pero qué se entiende por mundo? La palabra mundo tiene varias acepciones. La primera designa al conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente. En este contexto se entiende la enseñanza del Fundador del Opus Dei: El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno.

En segundo lugar, mundo indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu. Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo, el mundo es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos.

En el mundo, sin ser mundano. El cristiano no es mundano, pero está en el mundo. Son cosas diferentes: Óyeme bien: estar en el mundo y ser del mundo no quiere decir ser mundanos (San Josemaría Escrivá). Y un escritor francés dijo: El mundo sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo, pero que no se parezcan en nada al mundo. La inmensa mayoría de los fieles viven su vocación cristiana en medio del mundo, donde Dios quiere que se santifiquen.

Ser laico no significa una pertenencia menor a la Iglesia. Todos los bautizados somos Iglesia. Por eso, ha de procurar dar el buen olor de Cristo. Alumbre vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos (Mt 5, 16).

Misión del laico. Está en medio del mundo para cristianizar la sociedad desde dentro. No pueden los cristianos dejar a un lado su fe a la hora de colaborar en la construcción de la ciudad temporal. Han de hacer sentir su voz, coherentes con los valores en los que creen y respetuosa con las convicciones ajenas. Basta pensar en la defensa y protección de la vida desde su concepción, en la estabilidad del matrimonio y de la familia, en la libertad de la enseñanza y en el derecho a recibir instrucción religiosa en las escuelas, en la promoción de valores que moralizan la vida pública, en la implantación de la justicia en las relaciones laborales. Campos importantísimos ‑entre otros‑ que no podéis dejar de iluminar con la luz cristiana (Juan Pablo II).

Por tanto, los cristianos han de estar presentes en todos los campos de trabajo del mundo, allí donde se hace la sociedad del mañana, allí donde los hombres trabajan, tienen dificultades, sufren, descansan; pero siendo fieles al Evangelio. Deben influir positivamente en el ambiente, aunque más de una vez choque.

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