Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Sb 7, 7-11; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30

Preguntas y respuestas. Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Aquel joven deseaba alcanzar el Cielo. También nosotros queremos llegar a la vida eterna. Cristo contestó al joven, y con su respuesta nos indica el camino que conduce a la gloria, que es el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios. No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Algunos tal vez se pregunten: ¿Es posible observar siempre, durante toda la vida, la Ley de Dios? Sí, con la ayuda de la gracia, podemos evitar los pecados mortales, aunque algún que otro pecado venial es inevitable. Cristo nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia. Pero, ¿es muy difícil?, preguntarán de nuevo. Para algunas personas no sólo les resultará difícil, sino imposible, porque no rezan, ni frecuentan los sacramentos, ni se apartan de las ocasiones de pecar, ni les importa vivir en gracia. Pero si uno pone los medios a su alcance para conservar su alma limpia, no le resultará difícil, aunque siempre tendrá que pelear contra las tentaciones y esforzarse por ir mejorando en la piedad.

Invitación divina. Una cosa te falta: anda vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme. Jesús mira con cariño al joven y le pide que sea discípulo suyo. Era una invitación divina. La respuesta del joven fue negativa. No quiso arriesgar nada, tuvo miedo a ser generoso. No se decidió a desprenderse de sus riquezas; y una tristeza invadió todo su ser. Con frecuencia, los bienes materiales son como agua salada para el sediento, que en vez de satisfacer el ansia de felicidad, la intensifica.

También hoy día Jesús sigue llamando. Dios respeta nuestra libertad pero necesita, quiere necesitar, de personas que le ayuden en la tierra a abrir los corazones de los hombres. Muchos se encierran en sí mismos, porque piensan que Cristo es una amenaza para su propia libertad, un estorbo en la ansiosa búsqueda de la felicidad; nosotros sabemos, en cambio, que el único camino para ser verdaderamente libres y plenamente felices, ahora y toda la eternidad, es abrir las puertas del corazón a Cristo.

La enseñanza del pasaje evangélico del joven rico. Si un hombre pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría; por el contrario, si, fiándose de la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo (Benedicto XVI)

Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! El amor a la pobreza afirma el amor de Dios, y es, en efecto, uno de los consejos que da el Señor a quien quiere seguirle sinceramente. El amor a la pobreza purifica, anula otro amor más bajo que llevamos dentro: la concupiscencia de los ojos. Y la disminución de la concupiscencia significa el aumento de la caridad. El amor a la pobreza afirma la confianza en Dios, hace poner los ojos en la verdadera esperanza.

 

 

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