Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Is 53, 10-11; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

Misericordia sin límites. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno. Hemos de acudir siempre a la misericordia de Dios; una misericordia que no tiene límites. Aún cuando el hombre, con ingratitud hacia su Creador, se rebeló contra Él, el amor de Dios no se apagó: en el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Y a lo largo de toda la historia, sigue derramando gracias sobre sus criaturas.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente porque Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Mons. Javier Echevarría).

Tarea misionera. En el Génesis está recogida la primera promesa de salvación, a la que se llama protoevangelio. El desarrollo histórico de la realización de esta promesa es lo que constituye el mensaje de salvación contenido en los libros de la Sagrada Escritura. Desgraciadamente, este mensaje no ha llegado aún a todos los hombres. La misión de Cristo -confiada a la Iglesia- de anunciar a todas las naciones el Evangelio está aún lejos de cumplirse. Al empezar el tercer milenio del cristianismo, esta misión se halla todavía en los comienzos. El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión (Juan Pablo II).

La tarea misionera de la Iglesia compromete a todos los bautizados. Hay que dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos.

Domund. Todos los años se celebra el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). Desde el año 1926, esta jornada por la evangelización de los pueblos es una cita oficial de la Iglesia. La finalidad del DOMUND es la de llevar el Evangelio a todas las gentes que pueblan la tierra. Esto es lo fundamental. También se hacen colectas para ayudar a los que están más necesitados, como son los misioneros que ayudan a los pobres.

No limitemos nuestra ayuda a las misiones con un donativo. Recemos también por esos miles de cristianos que, lejos de las ambiciones terrenas, son capaces de beber cada día el cáliz de la pobreza, de la soledad, de la lejanía de sus familias y patria. Están entregando su vida, día a día, para anunciar el mensaje de Cristo en tierras de misión. Y pidamos a Dios muchas vocaciones de misioneros.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s