Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Jr 31, 7-9; Hb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Oficio sacerdotal. Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios; para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Cristo es el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos del pecado. Estas palabras de la Carta a los Hebreos constituyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote, pues tiene como oficio propio el de ser mediador entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes participan de la misma misión de Cristo: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas; y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, y satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo.  

El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos (San Josemaría Escrivá); está llamado a sembrar la semilla de la palabra de Dios -la semilla que lleva en sí el reino de Dios-, a distribuir la misericordia divina, y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Buen pastor. La vida del sacerdote es de total dedicación a Cristo; es una vocación que requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría (Juan Pablo II). El sacerdote debe atender a la salvación de las almas con toda solicitud, con la caridad y con el consejo.

Como buen pastor, debe hacer todas las cosas para salvar las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, y encaminarlas hacia el amor de Dios. El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia, valentía, competencia, mansedumbre; también, prontitud de ánimo y un gran sentido de responsabilidad. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios: el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes (San Agustín).

Necesidad urgente. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

En una Misa Crismal, dijo Benedicto XVI a los presbíteros de Roma: Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto. Presentemos también al Señor la urgente necesidad que la Iglesia tiene de encontrar jóvenes generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo.

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