Meditación en la fiesta de San Judas Tadeo

Los Apóstoles son honrados por los cristianos pues ellos nos transmitieron las enseñanzas de Cristo. Hay unos apóstoles de los que se conoce muchas cosas de su vida, por ejemplo, san Pedro y san Juan. Otros aparecen en los Evangelios con motivo de algunas preguntas que hacen al Señor, y aquí citamos a san Felipe, santo Tomás y san Judas Tadeo. Y también de algunos de ellos se narra su vocación, como es el caso de san Mateo y san Bartolomé. El pueblo cristiano, como se ha dicho ya, tiene veneración por estos discípulos pertenecientes al círculo más íntimo del Señor.

Aunque a todos los Apóstoles se le tiene devoción, hay uno al que se le venera con una especial devoción, y una devoción que en la actualidad está muy extendida. Se trata del apóstol san Judas Tadeo. Era pariente, seguidor y apóstol de Jesucristo. El nombre del traidor -Judas Iscariote- que entregó al Maestro ha sido la causa de que durante muchos años san Judas Tadeo estuviera un poco olvidado. Pero la Iglesia siempre le ha honrado e invocado como abogado especial de los casos difíciles y desesperados.

San Judas Tadeo, como los demás apóstoles, aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, transmitidas por san Mateo y san Marcos, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo, y se le cita a continuación de su hermano Santiago el de Alfeo.

            El papa Benedicto XVI, hablando de este apóstol, dijo: No se sabe a ciencia cierta de dónde viene el sobrenombre “Tadeo” y se explica como proveniente del arameo taddà’, que quiere decir “pecho” y por tanto significaría “magnánimo”, o como una abreviación de un nombre griego como “Teodoro, Teódoto” (Discurso 11.X.2006).   

            Se sabe poco de él, aunque el canon del Nuevo Testamento conserva una Carta atribuida a él. En esa epístola se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. Por tradición nos ha llegado que predicó con celo infatigable por Palestina y Mesopotamia, consiguiendo innumerables conversiones y dando por fin su vida en defensa de la Fe. Murió en la ciudad persa de Suanir, martirizado a pedradas y garrotazos.

En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro está hablando, y, entre otras cosas, dice a sus discípulos: No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco y el mundo no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viveréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22). Vemos con esta pregunta la confianza del Apóstol en el trato con el Señor, cómo le pregunta lo que no sabe. Es un ejemplo de cómo hemos de dirigirnos a quien es también nuestro Maestro y Amigo.

Comenta Benedicto XVI esta pregunta de Tadeo: Es una cuestión de gran actualidad; también nosotros preguntamos al Señor: ¿por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él (Jn 14, 22-23).Esto quiere decir que al Resucitado hay que verlo y percibirlo también con el corazón, de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado (Discurso 11.X.2006).

Fue un día de otoño, el 22 de octubre de 1978, un Papa joven, de sólo 58 años, cuando iniciaba su ministerio petrino, en la Plaza de San Pedro, decía con fuerza: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas del corazón a Cristo! Sí, sólo con el corazón abierto vemos el rostro amabilísimo de Cristo. Aquellas palabras no dejaron de resonar durante todo su pontificado, y son siempre actuales. Si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, gozaremos de su amistad, de esa amistad que abren las puertas de la vida eterna.

Pondremos nuestra morada en él. Con esta expresión, Cristo hace referencia a la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma, renovada por la gracia.

En el Nuevo Testamento hay una Carta cuya paternidad se le atribuye a san Juan Tadeo. Es una de las llamadas Cartas católicas porque no están destinadas a una sola Iglesia particular determinada -como Roma, Éfeso, etc.-, sino a muchas Iglesias, es decir, a un círculo mucho más amplio de destinatarios. La Carta de san Judas Tadeo se dirige a los que han sido llamados, amados de Dios Padre y guardados para Jesucristo (v. 1). Estas tres características son aplicables a todos los cristianos, pues son expresiones que describen lo que es un cristiano: la vida del cristiano se inicia con la llamada divina, progresa gracias al amor de Dios y culmina en Jesucristo.

San Judas Tadeo, con esta Carta se propuso exhortar a los fieles a combatir por la fe recibida, recordándoles lo que ya habían predicho los Apóstoles sobre la aparición de hombres malvados dominados por sus pasiones. Las noticias de que tales hombres impíos ya se habían introducidos solapadamente en las comunidades cristianas pudieron ser el motivo inmediato de sus letras. El apóstol se sintió, pues, urgido ante la llegada de esas noticias alarmantes sobre la actividad perniciosa de ciertos falsos maestros, que con sus doctrinas erróneas y su conducta perversa ponían en peligro la integridad de la fe de los cristianos.

La fe que ha sido entregada a los santos (v. 3) supone un depósito de verdades ya formado, que el autor sagrado de la Carta quiere defender. Ahora es la Iglesia quien continúa la tarea: Ella es la que guarda la memoria de las Palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la fe de los Apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171). Y también la Iglesia nos previene de los falsos maestros. Si san Judas Tadeo escribió que se han infiltrado hombres malvados en las comunidades cristianas, también en nuestros días hay personas que siembran confusión y repiten viejas herejías. Y debemos vivir esa pasión dominante que es dar buena doctrina, que es combatir por la fe.  

 

Lo decía el venerable Álvaro del Portillo: Hay que salir a los caminos ‑hoy tan llenos de falsos profetas‑, y dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural. Y también el que fue cardenal primado de España, Mons. Marcelo González Martín: Hay que reaccionar vigorosamente contra ese conformismo que en el orden religioso está apoderándose de la sociedad española. No se trata únicamente del pueblo sencillo, al que se manipula desvergonzadamente desde la televisión y otros medios, sino de un sector amplio de hombres y mujeres que se consideran cultos, los cuales reciben con mansedumbre borreguil las consignas y directrices que les dan en materia religiosa y moral ciertos grupos políticos y culturales que se están convirtiendo en dogmáticos definidores de un cristianismo nuevo: el que ellos quieren predicar.

San Judas Tadeo alerta, dice Benedicto XVI, a los cristianos ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios para disculpar sus costumbres depravadas y para desviar a otros hermanos con enseñanzas inaceptables, introduciendo divisiones dentro de la Iglesia “alucinados con sus delirios”, así define Judas esas doctrinas e ideas particulares. Los compara incluso con los ángeles caídos y, utilizando palabras fuertes, dice que “se han ido por el camino de Caín”. Además, sin reticencias los tacha de “nubes sin agua zarandeadas por el viento, árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos, arrancados de raíz; son olas salvajes del mar, que echan la espuma de su propia vergüenza, estrellas errantes a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre” (Discurso11.X.2006).

Para ilustrar mejor la maldad del comportamiento de los intrusos, san Judas destaca la conducta perversa de los falsarios con algunos ejemplos del Antiguo Testamento: Caín, Balaám, Coré y sus seguidores que se rebelaron contra Moisés. Los falsos maestros no tienen inconveniente en asistir a las celebraciones de los cristianos, pero llevan una vida amoral. Participan en las comidas fraternas -ágapes- de los cristianos, donde dan rienda suelta a su gula y propagan sus errores. Son así una mancha, o lo que es lo mismo, un escándalo. Son nubes sin agua, porque no tienen en sí la fecundidad de la palabra divina (Clemente de Alejandría).

Hoy día también hay quienes pretenden introducir costumbres depravadas y quieren que sean aceptadas como buenas, sin ninguna malicia. Por ejemplo, el tema de la homosexualidad. Antes de ver lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre este tema, leamos los versículos 5, 6 y 7 de la Carta de san Judas: Quiero recordaros, aunque sepáis todo esto de una vez para siempre, que el Señor -después de haber salvado al pueblo de la tierra de Egipto- hizo perecer a continuación a los que no creyeron; y que a los ángeles que guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados  en tinieblas con cadenas eternas para el juicio del gran día; también Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas que como ellas se entregaron a la fornicación y siguieron un uso antinatural de la carne, están puestas para escarmiento, sufriendo el castigo de un fuego eterno. En estos versículos se habla del castigo que espera a los impíos.

Los tres ejemplos bíblicos parecen señalar tres vicios fundamentales. El primero: los israelitas incrédulos y murmuradores que perecieron en el desierto son paradigma de incredulidad. En el libro de los Números se narra como el pueblo de Israel -una vez liberado de la esclavitud de Egipto- se rebeló contra Dios, murmurando por las dificultades del trayecto y desconfiando de la ayuda divina. En castigo de esta incredulidad, Dios decretó que toda aquella generación -con excepción de los que había sido fieles- murieran durante los cuarenta años de la marcha por el desierto, sin poder entrar en la tierra prometida. San Judas aplica las enseñanzas de este suceso a la situación de los cristianos: han sido liberados de la esclavitud del pecado en el Bautismo, y tiene a la vista la tierra prometida del Cielo. Sin embargo, mientras están en camino, deben perseverar en aquella fe transmitida de una vez para siempre y llevar una vida conforme a ella.

El segundo: los ángeles que pecaron y se rebelaron contra Dios. Éstos fueron castigados inmediatamente, y su castigo se hará patente -como el de los demás condenados- en el juicio final. Los ángeles caídos son manifestación de desobediencia y soberbia. Y el tercero: las perversiones de Sodoma y Gomorra son prototipo de impureza. Aquí se condena explícitamente la homosexualidad. Los habitantes de Sodoma y Gommorra estaban especialmente depravados: sus perversiones -incluso pecados contra la naturaleza (sodomía) eran proverbiales. Toda aquella región fue destruida y sus ciudades quedaron para siempre como prototipo del severo castigo que Dios infringe a los impíos.

Apoyándose en éste y otros textos de la Biblia, la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.357).

Sufriendo el castigo de un fuego eterno. San Judas Tadeo no tiene ningún reparo de hablar de castigos eternos. En nuestros días no se habla del infierno. Pero es un error. Jesucristo se refiere varias veces a ese lugar de castigo. La eternidad del castigo manifiesta el carácter irrevocable del juicio divino. La fe de la Iglesia se ha hecho eco de esta expresión al ilustrar las penas que los condenados sufren en el infierno. Quienes correspondieron al Amor y a la Piedad de Dios irán a la vida eterna; quienes lo rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible (Credo del Pueblo de Dios, n. 12).

La doctrina cristiana enseña una y otra vez la existencia del castigo eterno, del infierno. Esta verdad no se ha revelado para provocar terror, sino para estimular a la conversión y a la perseverancia en el bien. A muchos hombres les ha hecho volver al buen camino. Hay infierno. Una afirmación que, para ti, tiene visos de perogrullada. -Te la voy a repetir: ¡hay infierno! Hazme tú eco, oportunamente, al oído de aquel compañero… y de aquel otro (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 749).

Comentando la Carta de San Judas dice Benedicto XVI: Hoy no se suele utilizar un lenguaje tan polémico, que sin embargo nos dice algo importante. En medio de todas las tentaciones, con todas las corrientes de la vida moderna, debemos conservar la identidad de nuestra fe. Ciertamente, es necesario seguir con firme constancia el camino de la indulgencia y el diálogo, que emprendió felizmente el concilio Vaticano II. Pero este camino del diálogo, tan necesario, no debe hacernos olvidar el deber de tener siempre presentes y subrayar con la misma fuerza las líneas fundamentales e irrenunciables de nuestra identidad cristiana (Discurso 11.X.2006).

La identidad cristiana exige fuerza, claridad y valentía ante las contradicciones del mundo en que vivimos. San Judas Tadeo anima a que siempre tengamos muy presente esta identidad. Pero vosotros, carísimos -nos habla a todos nosotros-, edificándoos por vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tratad con compasión a los que vacilan: a unos procurad salvarlos, arrancándolos del fuego; a otros tratadlos con misericordia, pero con precaución, aborreciendo hasta la túnica contaminada por su carne (vv. 20-23). Los cristianos han de tratar siempre con misericordia a los que se apartan de la buena doctrina, a la ve que evitan el peligro para sus almas. Decía san Agustín: Es propio de los perfectos que en los pecadores no odien más que los pecados; y que amen a esos mismos hombres 

La Carta termina con una bellísimas palabras: Al que es poderoso para guardaros sin tropiezo y presentaros sin tacha y con júbilo delante de su gloria, al único Dios, Salvador nuestro por medio de Jesucristo nuestro Señor, la gloria, la majestad, el imperio y la potestad, desde siempre y ahora y por todos los siglos. Amén (vv. 24-25).

San Judas Tadeo vivió en plenitud su fe, a la que pertenecen grandes realidades, como la integridad moral y la alegría, la confianza y, por último, la alabanza, todo ello motivado sólo por la bondad de nuestro único Dios y por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. Pidamos a Santa María, Reina de los Apóstoles que nos ayude a redescubrir siempre y a vivir incansablemente la belleza de la fe cristiana, sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad.

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Una respuesta a “Meditación en la fiesta de San Judas Tadeo

  1. La mejor homilía que he encontrado sobre San Judas Tadeo. Gracias por compartirla.

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