Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos (Ciclo B)

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (B)

Lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; 1 Jn 3, 1-3, Mt 5, 1-12a

El vestido blanco. Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? Celebramos hoy a todos los que han alcanzado la meta y viven con Dios para siempre en el Cielo. Es una fiesta que nos llena de esperanza a los que peregrinamos aún por esta tierra; en un futuro más o menos cercano, por la infinita misericordia de Dios, la celebraremos en la gloria.

En la 1ª lectura se habla de vestiduras blancas. En el Cielo no nada manchado, y para entrar en el Paraíso, hay tener que tener el alma limpia, el vestido blanco. Quizás a la hora de la muerte haya pequeñas manchas -pecados veniales-; manchas que se quitan en el Purgatorio. El alma humana puede estar en estado de gracia o en pecado. No hay estados intermedios. No es posible estar mitad en gracia y mitad en pecado, de la misma manera que una mujer no puede estar medio embarazada: o está embarazada o no lo está.

Lo más importante. Una persona está en gracia de Dios -estado de gracia- cuando no tiene ningún pecado mortal en su alma. Si, por el contrario, ha cometido un pecado grave, mortal, el estado de su alma es de pecado. Así de sencillo. Estar en gracia es gozar de la amistad de Dios. Y vivir en pecado, es estar alejado de Dios, lo cual no es nada bueno, pues sólo Él es la verdadera fuente de la felicidad y de la alegría.

En la 2ª lectura, san Pablo nos dice: Seremos semejantes a Él (a Dios), porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él. La esperanza es para los que peregrinamos aún. Esta virtud hace que nos vistamos con las vestiduras blancas para poder contemplar a Dios eternamente cara a cara. Pero estar en gracia nos hace felices ya aquí en este mundo porque estamos cerca de Dios. La gracia produce en nosotros la mayor alegría. Por eso se entiende muy bien lo que escribió san Josemaría Escrivá: Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios. Que lo sepamos apreciar; es lo más importante.

La bienaventuranza eterna. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica).

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo. En el pasaje evangélico, Jesucristo, al hablarnos de las bienaventuranzas, nos indica el camino a seguir para alcanzar la meta, que no es otra que la visión beatífica. Se nos invita a ser pobres, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz y de la justicia… hasta que, como los santos, seamos bienaventurados plenamente, gozando la segunda parte de cada una de las bienaventuranzas.

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