Homilía de la Conmemoración de los Fieles Difuntos (Ciclo B)

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (B)

Lecturas: Is 25, 6-9; Rm 5, 5-11; Mt 11, 25-30

Tiempo de prueba. Conmemoramos en este día a todos los fieles difuntos. En el año 1982, tal día como hoy, Juan Pablo II, antes de celebrar la Eucaristía en cementerio de La Almudena de Madrid, dijo: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6, 8). Corroborados en esta certeza, elevamos al Cielo -aun entre las tumbas de un cementerio- el canto gozoso del Aleluya, que es canto de la victoria. Nuestros difuntos “viven con Cristo”, después de haber sido sepultados con Él en la muerte. Para ellos el tiempo de la prueba ha terminado, dejando el puesto al tiempo de la recompensa.

Nosotros aún estamos en el tiempo de la prueba. Durante la vida presente debemos llenar nuestras manos de obras buenas para merecer la recompensa de la vida eterna. Es preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de día; venida la noche, ya nadie puede trabajar (Jn 9, 4). Aprovechemos el tiempo. Mientras es de día -ahora- es cuando se puede trabajar en la viña del Señor. Con la muerte se acaba el tiempo de merecer.

Vencida y redimida. La muerte es una realidad que nos supera; la vemos rodeada de misterio. Una realidad que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. Él es el único que puede iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que, humanamente, no sabemos explicar. Ante el hecho de la muerte, nos preguntamos: ¿Dónde están los difuntos?; ¿qué pasa después de la muerte?; ¿volveremos de nuevo a la vida?; ¿existen el cielo y el infierno?; ¿qué valor tiene para nosotros la resurrección de Cristo?

El pensamiento de la muerte debemos iluminarlo y purificarlo con la luz que nos viene de la muerte de Cristo. Ésta nos dice que nuestra muerte ha sido vencida y redimida. Como Cristo llegó a la vida a través de la muerte, del mismo modo los creyentes en Cristo están llamados a la resurrección y a la vida eterna a través de la muerte. Para el hombre que muere con el alma en gracia la muerte es el momento del encuentro con Dios, es el principio de la vida que no tendrá fin.

Vida detrás de la muerte. Cristo murió por nosotros. ¡Cuánto más, si hemos sido justificados ahora en su sangre, seremos salvados por él de la ira! En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; apesar de la tristeza que nos causa la certeza de morir, tenemos el consuelo de la futura inmortalidad. La muerte es el paso de la vida terrena a la vida eterna; de este valle de lágrimas a la patria celestial. Después de la muerte comienza una eternidad de gloria para todas aquellas personas que, a pesar de su fragilidad y debilidad -propias de la condición humana-, amaron a Dios y cumplieron sus mandamientos.

Normalmente se muere como se vive. A una vida santa le corresponde una muerte santa. Vivamos, pues, conforme con la Voluntad de Dios, y no tendremos miedo a la vida, ya que es un regalo de Dios, ni miedo a la muerte, que es la puerta que hemos de pasar para entrar en la eternidad feliz del Cielo, para gozar de la visión beatífica.

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