Homilía de la Fiesta de la Dedicación de San Juan de Letrán (Ciclo B)

FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN (B)

Lecturas: Ez 47, 1-2.8-9.12; 1 Co 3, 9c-11.16-17; Jn 2, 13-22

Castidad. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo. San Pablo dice que el cristiano es templo de Dios en el cual habita el Espíritu de Dios. De ahí, la obligación de glorificar a Dios en nuestro cuerpo. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? No podemos destruir ni manchar el cuerpo que hemos recibido de Dios. La impureza mancha el cuerpo y el alma. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo (1 Co 3, 18). El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo.

Para vivir la castidad, el cristiano cuenta con medios abundantes: El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducirnos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla (San Juan María Vianney).

Dios, dueño de la vida. Sois edificación de Dios. Nadie tiene derecho a destruir lo que Dios ha edificado. En la época actual, con la cultura de la muerte que algunos quieren implantar en la sociedad, hay que resaltar que sólo Dios es dueño de la vida; Él la da y Él la quita. Nadie puede usurpar este derecho divino. Si alguno destruye su cuerpo, destruye el templo de Dios. He aquí la malicia de la eutanasia.

Es un eufemismo decir que poner fin con la muerte a los sufrimientos de los enfermos incurables es una buena muerte. Sólo se puede calificar de buena la muerte de una persona que muere en paz con Dios y aceptando la voluntad divina. La doctrina médico -jurídica que afirma la legitimidad de la eutanasia es contraria a la doctrina cristiana. La eutanasia tiene una doble malicia: la del suicidio y la del homicidio; es un asesinato que nunca jamás está permitido por la ley de Dios.

Casa de Dios. Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado. El templo cristiano es casa de Dios; un lugar de oración. En el Sagrario está realmente presente Cristo. La urbanidad de la piedad exige un comportamiento digno, un silencio que facilite la oración. Nuestras iglesias y catedrales no son museos, aunque tengan obras valiosas de arte; no fueron construidas para fomentar el turismo. Están destinadas al culto divino.

La iglesia, o templo, es el lugar de la celebración del Misterio cristiano; donde se reúne la comunidad de los fieles para celebrar los actos litúrgicos. Puede llamarse casa de Dios, pues los hombres se encuentran allí con Él, y Él les anuncia su Palabra y les introduce en su propia vida a través de la celebración de los sagrados misterios, y, a la vez, el pueblo ofrece a Dios el sacrificio de alabanza y acción de gracias y se une íntimamente a Él mediante la fe.

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