Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: 1 R 17, 10-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44

Detrás, está la Vida. El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la muerte no se quiere hablar, pero no por ello dejará de acudir a su cita con cada uno de nosotros. La consideración de los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) es una valiosa ayuda que nos facilita ser cada día más fieles a Dios, mejores cristianos.

La muerte os espera en todas partes, pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros (San Bernardo). Miremos a esta realidad con una visión cristiana, llena de esperanza; porque sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo, no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Esta visión se expresa en el Prefacio de difuntos: La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Vida con Cristo. Todo es incierto, sólo la muerte es cierta (San Agustín). El rey Juan Carlos I preguntó a un médico que atendía a su padre sobre la gravedad de la enfermedad del Conde de Barcelona; y el médico respondió: Majestad, en esta batalla quien siempre gana es la muerte. Dios nos puede llamar en cualquier momento a su presencia y, por tanto, hemos de estar siempre bien preparados. Y estar bien preparado, es tener el alma en gracia de Dios, o como se suele decir: que me coja confesado.

En un Cementerio Civil está escrito este epitafio: Nada hay después de la muerte. Es la visión de la muerte de un no creyente, sin ninguna esperanza. Sin embargo, el cristiano es hombre lleno de esperanza, porque cree en las palabras de Cristo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre (Jn 11, 25). También son consoladoras las palabras de san Pablo: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él (Rm 6, 8).

Unas preguntas. Cuando un hombre muere, el cuerpo comienza a descomponerse mientras el alma inmediatamente comparece ante Jesucristo para ser juzgada. En esta comparencia se hace examen justísimo de todo cuanto en cualquier tiempo haya hecho, dicho o pensado; y este juicio es particular.Meditemos con frecuencia sobre la cuenta que hemos de dar a Dios cuando Él nos llame. De esta forma no perderemos el juicio. No olvidemos las dos posibles sentencias: una es salvífica; la otra, condenatoria.

Se nos preguntará: ¿Has sido pobre de espíritu? ¿Has tenido hambre y sed de justicia? ¿Has sido misericordioso? ¿Puro de corazón? ¿Te contabas entre los que  procuraban la paz? ¿Entre los que han soportado las persecuciones y las calumnias “por causa de Cristo”? ¿Has amado a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser? ¿Has amado al prójimo? ¿Has vivido las virtudes cristianas? ¿Has actuado siempre con rectitud de intención, buscando la gloria de Dios? Para que no haya sorpresas: Examen. -Labor diaria. -Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna? (San Josemaría Escrivá).

 

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