Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32

Dos realidades. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida perpetua, otros para ignominia perpetua. Estas palabras del profeta Daniel hacen referencia al cielo (vida perpetua) y al infierno (ignominia perpetua). También en los Evangelios se habla de estos dos novísimos. Jesucristo alude en repetidas ocasiones a estos dos lugares como recompensa al bien o al mal hecho, especialmente cuando habla del Juicio final: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34); Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41). Consideremos estas dos realidades.

En tiempos pasados, la predicación sobre el infierno, a veces, convertía el mensaje cristiano de salvación en un mensaje de amenaza. Hoy día, en la predicación actual generalmente se evita hablar de este lugar de castigo eterno. Sin embargo, es necesario también en nuestros tiempos exponer -con sobriedad- la fe católica sobre el infierno, evitando la tentación de atenuar esta verdad de fe.

Eternidad del castigo. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad, con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con destino eterno. Se dice, con frecuencia: Dios es demasiado bueno para que haya un infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios; y quien se condena es porque él lo ha querido, pues rechaza el amor misericordioso de Dios.

El Cielo. Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada (Catecismo de la Iglesia Católica). Fomentemos la esperanza del Cielo, que nos ayuda a vencer las dificultades en nuestro camino hacia Dios. El Cielo es un lugar preparado por Dios para los que le aman; un sitio preparado por Jesucristo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1‑3).

Todo será gozo, una felicidad limitación alguna, y ¡para siempre! Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co 2, 9). Un cielo hecho por tu Dios para ti. Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar (San Josemaría Escrivá).

 

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