Virgen y mártir (Santa María)


Virgen y mártir (Santa María)

            De Niebla a Córdoba

            Niebla figura en los anales de la santidad por ser cuna de los santos hermanos María y Walabonso, mártires de Cristo. San Eulogio de Córdoba es quien nos da noticias de la vida y muerte de la mártir Santa María. Pero puesto que, con la ayuda de Dios, se ha anotado el principio de la vida y el martirio de la santa virgen Flora, creo que igualmente vale la pena exponer el proceso del nacimiento e inicios religiosos de la santa virgen María, a fin de que, igual que ambas tuvieron idéntico acuerdo al combatir y el mismo asentimiento en morir por la justicia, sea también similar la intención de mi pluma de relatar la vocación de esta virgen.

            María nació en Niebla (Huelva), la antigua Elepla, cuando esta ciudad ya estaba en poder sarraceno. Su familia, tras la conversión de la madre, que era mahometana, tuvo que emigrar de Niebla para establecerse en Froniano, situado en las cercanías de Córdoba. Al morir la madre, María ingresó en el monasterio de Cuteclara, que brilla con la memoria de la gloriosa Virgen Santa María, Madre del Señor. Su hermano Walabonso también se fue a un monasterio, el de San Félix, no muy lejos de Cuteclara.

            En el monasterio, María estuvo bajo la tutela de Artemia, mujer con fama bien ganada de santidad, madre de dos hijos mártires. Artemia enseñó a María a servir a Dios ejercitando su espíritu en toda humildad, castidad, obediencia y temor de Dios.

            Cuando le comunicaron que su hermano mártir le pedía que dejara de llorar por él, desde ese momento el corazón de María se abrasó en el amor al martirio, que deseaba ardientemente. Dejó el monasterio de la Santa y Gloriosa Virgen María, por invitación de Cristo, según cree San Eulogio de Córdoba, y se fue a Córdoba.

Flora

El hecho de hablar de esta santa sevillana llamada Flora es debido a que juntamente con María alcanzó la palma del martirio. Flora estaba condenada a seguir la ley mahometana por ser su padre árabe, pero al morir éste, la madre, cristiana fervorosa, la educó en la práctica de todas las virtudes. Su hermano mayor, fanático musulmán, la impedía ir al templo, y ella, aunque de pocos años, recordando aquellas palabras del Salvador Al que me confesare delante de los hombres Yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos… un día, en compañía de su hermana Baldegotona, huye de la casa paterna. Flora, desde su refugio oye los sufrimientos que, por ella, su hermano causa a los cristianos, y para evitarlo se presenta en su casa diciéndole: Ya sé con que afán me buscas y cuanto te preocupas por mí… Vengo como buena cristiana, armada de la Señal de la Cruz. Ahora arráncame esta fe, sepárame de Cristo si puedes; creo que será muy difícil, porque estoy dispuesta a sufrir por Él todos los suplicios. Ante la inutilidad de las promesas, amenazas, golpes, el infame hermano conduce a Flora ante el juez, a quien narra todo lo sucedido. -¿Es verdad lo que dice tu hermano? -¿Y qué llamáis hermano mío a ese malvado? El juez, en lugar de decretar su muerte, manda que le desgarren la nuca a latigazos. Ahora -dice al hermano- curadla e instruidla en la ley mahometana. Apenas transcurren unos días, Flora, una noche se fuga definitivamente del domicilio de su hermano. Se dirige a la vivienda de un cristiano conocido. Flora permaneció durante un tiempo escondida en un lugar cerca de Martos.

           Allí, en su refugio, vio por primera vez a San Eulogio, el cuál quedó admirado por las palabras llenas de espíritu que pronunció la futura mártir. Recordando esta primera entrevista, diez años después San Eulogio escribió: Y yo, pecador, rico sólo en iniquidades, que gocé de su amistad desde el principio de su martirio, tuve la dicha de tocar juntando mis manos, las cicatrices de aquella cabeza santísima y delicadísima despojada de la cabellera virginal por la fuerza de los azotes.

Encuentro con Flora

            En Córdoba, al entrar en la iglesia de San Acisclo se encontró con Flora, generosa virgen que años atrás había conmovido con su valor a todos los cristianos, y ahora, abandonando su retiro, acababa de llegar a la ciudad. Las dos vírgenes se unieron en un indisoluble vínculo de amistad, prometiéndose mutuamente no separarse bajo ninguna circunstancia o azar, ni apartarse la una de la otra por ninguna desdicha, aunque les amenazaran los más crueles sucesos de parte de quienes los acumulaban para su perdición por confesar la verdad, hasta que consiguieran el Cielo.

Flora y María fueron encarceladas por ser cristianas, siendo sometidas a terrible asedio y grandes sufrimientos. Cuenta San Eulogio: Según creo, primero Santa Flora se dirige a ellos (los jueces) con unas palabras más firmes, diciendo: “Yo soy aquella que, aunque nacida de una semilla gentil, me he unido a Cristo y a la que vosotros azotasteis cruelmente para que renegara de Él. Hasta aquí, como una prófuga, me he ocultado aquí y allá por la debilidad de la carne, mas ahora, apoyada en la virtud de mi Dios, y no temiendo presentarme ante vuestro tribunal, con la misma constancia que al principio confieso que Cristo es en verdad Dios”. 

Luego la venerable virgen María pronunció por su boca santificada, con la difusión de las gracias celestiales: “Y yo, Juez, en otro tiempo tuve un hermano entre aquellos confesores magníficos, quienes, por infamar con no leve burla a vuestro profeta, murieron y, declarando con audacia semejante que Cristo es en verdad Dios”.

            En la cárcel

Al instante el crudelísimo juez, sacudido por un loco furor, encolerizándose por aquellas terribles palabras, disuade por miedo, con un durísimo vocerío, el propósito de las vírgenes, les reprocha con amenazas, las acusa con gritos y las une a la inmundicia de la cárcel y al trato con prostitutas. Las entrañas de la cárcel acogen finalmente los miembros de las esposas de Cristo para protegerlos más que para debilitarlos, puesto que, ensalzadas siempre por un belleza pudorosa, habían sobresalido, por la acción de su santidad, desde sus mismas cunas y brillaban por la extraordinaria gracia de sus virtudes. En ellas permanecen algún tiempo las santas vírgenes, se aplican al ayuno, se consagran a la oración y se libran de todo aquel horror de la prisión con la meditación de los himnos celestiales.

            Martirio

            Persistiendo en sus alabanzas a Dios y a la Santísima Virgen, tras una nueva amonestación, María y Flora son conducidas al foro para aniquilarlas. El 13 de noviembre del año 851, Flora fue llevada al tribunal por última vez: ¿Cuál es tu última resolución? -pregunta el cadí-. La misma de siempre -respondió Flora-. Y si os empeñáis vais a oír cosas más desagradables que otras veces. Llevada a la cárcel, hasta allí pudo llegar San Eulogio: Creía -nos dice éste- ver un ángel. Una claridad celestial la rodeaba; su rostro resplandecía de gozo. Parecía gustar ya las alegrías de le celeste patria…

Después de ser interrogadas repetidas veces, ya conjuntamente o por separado, el 24 de noviembre del año 851 son llevadas al lugar del martirio, la plaza ante las puertas del palacio. Mientras tanto, las dos mártires señalan en sus rostros la sagrada señal de la cruz. Y después de extender sus cuellos, son decapitadas. Allí mismo -narra San Eulogio de Córdoba- abandonaron sus cuerpos para que los devoraran los perros y los despedazaran las aves, y al día siguiente los arrojaron al río. Por don divino el cadáver de Santa María, virgen y mártir, es sepultado en el cenobio de Cuteclara, desde donde había descendido al martirio, mientras que, en cambio, se ignora por completo en qué lugar el Señor ha guardado el cuerpo de la santísima virgen y mártir Flora. Pero sus cabezas se conservan en la basílica del mártir S. Acisclo, donde protege a los pueblos cristianos con el amparo de su cuerpo presente.  

Antes de morir profetizaron la liberación de San Eulogio y de todos los sacerdotes encarcelados, cosa que ocurrió cinco días después como cuenta el propio Eulogio: En el último lugar de esta historia me ocupo de dar a conocer tan sólo que, antes de caer muertas, las santas vírgenes prometieron a algunas hermanas que el día en que comparecieran ante Cristo, su coronador, le suplicarían al Esposo, con el fin de alcanzar su gracia, que me liberasen de la cárcel; esto se cumplió por la intercesión de Dios, pues consumaron su martirio el 24 de noviembre y me liberaron de la inmundicia de la prisión el 28 del mismo mes, del mencionado año 851, por Cristo nuestro Señor, que vive con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Documento Martirial

            Para las valientes jóvenes escribió San Eulogio el emocionante tratado Documento Martirial, del que son estas palabras: …las cárceles están llenas de clérigos; las iglesias se han quedado sin ministros…, la araña teje su tela en los templos silenciosos y vacíos… Grandes cosas son las que habéis realizado, hermanas mías;… Vuestra alabanza no morirá nunca… habéis renovado el ejemplo de Judith y Esther; habéis dejado un monumento inmarcesible de vuestro valor… Debéis luchar hasta la muerte, porque en este género de lucha sólo con la muerte se alcanza la victoria…

El mismo día del martirio de las dos vírgenes, San Eulogio escribió a su amigo Álvaro: Hermano mío, el Señor me ha concedido una gracia inefable y mi corazón se ha llenado de alegría. Nuestras vírgenes (Santa Flora y María) las que yo instruí entre lágrimas con las palabras de la vida, acaban de obtener la palma del martirio.

Fiesta litúrgica

          En el Martirologio romano, en el día 24 de noviembre, se lee: En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santas Flora y María, vírgenes, que en la persecución llevada a cabo por los musulmanes fueron encarceladas con san Eulogio y después muertas a espada.

 

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