Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN (C)

Lecturas: Gn 3, 9-15; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

Aurora de la Navidad. La fiesta de hoy es una de principales que la Iglesia celebra en honor de Santa María. Recordamos en este día uno de los privilegios con que Dios ha adornado a su Madre: su concepción sin mancha de pecado original, en previsión de los méritos de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Sólo la Virgen estuvo desde el primer instante llena de gracia, y esta plenitud de gracia en María fue siempre en aumento, acrecentando Dios en ella su capacidad para recibirla.

En todo el curso de su vida mortal nunca tuvo pecado actual, ni mortal ni venial. Como Dios unió en Ella la virginidad con la maternidad, así unió también la gracia con la libertad: sin perder la libertad, conservó la gracia sin la más mínima mancha, hasta que se fue al cielo. Reúne en sí todas las bellezas imaginables. Los cristianos nos complacemos en llamarla toda santa, santísima. ¡Más que Ella, sólo Dios!

La mirada a María. El que fue arcipreste de Huelva, beato Manuel González, contaba esta anécdota: Estaba en la iglesia un crío mirando fijamente un cuadro de la Inmaculada, copia de un Murillo. El sacerdote tuvo curiosidad por lo insistente de la mirada, y el niño le explicó: -Nada, estaba viendo cómo se han quedado los angelitos de la peana. -¿Los ángeles? -Sí, mire usted, se han quedado bizcos. -¿Bizcos? ¿De qué? -No sé, será de estar todo el día mirando a la Virgen. La observación del chiquillo tenía su razón de ser, por el efecto óptico que producían los pequeños ángeles de la peana, mirando de una manera algo forzada. Pero también había una interpretación interesante: ¿cómo contemplar tanta hermosura sin “quedarse bizco”?  

Mientras que la Iglesia alcanzó ya la perfección en la Santísima Virgen, que la realiza sin mancha ni arruga, los cristianos están todavía en tensión para crecer en santidad, venciendo al pecado. Por eso ponen sus ojos en María, que brilla ante la comunidad entera de los elegidos como modelo de virtudes (Concilio Vaticano II).

Madre de los vivientes. El paralelismo entre Eva y María es resumido así: Eva, por haber dado crédito a la serpiente, comunicó al linaje humano la maldición y la muerte; y María, por haber creído al Arcángel, permitió que, por la bondad de Dios, viniese a los hombres la bendición y la vida. Por medio de María recibimos a Jesucristo, autor de la vida.

Son tiempos difíciles los que vivimos: ha aparecido la llamada cultura de la muerte que presenta el aborto -verdadero asesinato en el  propio seno materno del ser humano más inocente e indefenso que existe- como progreso; y la eutanasia -que encierra en sí misma la doble malicia del homicidio y del suicidio, o del homicidio a secas- como una muerte digna. A Santa María, Madre de los vivientes, le confiamos la causa de la vida. Haz, Madre, que los cristianos sepamos anunciar con firmeza y amor a los hombres y mujeres de nuestra época el Evangelio de la vida; y, junto con todos los hombres de buena voluntad, construyamos la cultura de la vida, basada en la verdad, en el amor  y en el respeto a toda vida humana, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

 

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