Homilía del Domingo II de Adviento (Ciclo C)

DOMINGO II DE ADVIENTO (C)

Lecturas: Ba 5, 1-9; Flp 1, 4-6.8-11; Lc 3, 1-6

Preparación de la Navidad. Quítate, Jerusalén, el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre. Estas palabras del profeta Baruc anuncian tiempos mejores para el Pueblo elegido. San Juan Bautista comienza su predicación anunciando también una buena noticia: Y todo hombre verá la salvación de Dios. El Precursor habla de conversión y penitencia como algo necesario para preparar la venida ya cercana del Señor; exige a los que acuden a él un cambio de manera de vivir para que se les perdonaran los pecados.

Hemos de preparar la Navidad con una vida santa y creciendo en el conocimiento de los designios que Dios tiene sobre nosotros. Esta concreción nos la hace san Pablo: El amor crezca en vosotros, y con él alcancéis conocimiento y buen juicio en todo, para que sepáis discernir lo mejor en todo, y así lleguéis puros y sin pecado al día de Cristo, llevando como fruto maduro, esa santidad que viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Purificación interior. Este programa -crecer en santidad y discernir lo mejor en todo- se enfrenta con un grave obstáculo: la preocupación excesiva de los bienes de este mundo. Por eso, en la oración colecta de la Misa, pedimos a Dios, rico en misericordia, que mientras salimos animosos al encuentro de su Hijo, no permita que lo impidan los afanes de este mundo; y que nos guíe hasta Él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida.

El Adviento es tiempo de purificación interior, para arrancar de nuestros corazones todo lo que, de un modo u otro, pueda dificultar esa llegada del Señor; tiempo, en fin, que nos incita a estar siempre dispuestos, bien dispuestos, para recibir ‑cuando Dios quiera, como Dios quiera‑ la llamada definitiva que el Señor nos hará un día (Mons. Javier Echevarría). Por eso, la Iglesia quiere que nos fijemos en el Bautista. Su vida austera nos habla de penitencia, y ésta es un medio para purificar bien nuestra alma.

Una tarea encomendada. Preparad el camino del Señor. Esto se nos dice también a nosotros: es lo que Dios nos pide ahora en este Adviento, y durante ese adviento que es toda nuestra vida. Es una gran tarea que tenemos por delante. ¡Hay tantos caminos que enderezar, tantos montes que allanar, tantos valles que cubrir! No podemos permanecer pasivos, ni caer en el desánimo. Contamos con la ayuda de Dios para realizar esta apasionante misión. Es poca la gente -¡aún entre los cristianos!- que conoce a Cristo, y es mucha la que si le conociera se entregaría a Él sin límites. Actuemos siempre con humildad, como hizo san Juan Bautista; pero diciendo las verdades con valentía.

El Adviento es tiempo de espera, para estar atentos, para velar, para vigilar… ¡Cuántas veces hemos considerado la parábola del criado que espera el regreso de su amo! Y ahora que esperamos la llegada de Nuestro Señor, vamos a procurar estar atentos, no distraídos; en vela, no dormidos; vigilantes, no pasivos, para recibir con corazón y alma totalmente limpios a nuestro Dios encarnado.

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