Homilía del Domingo IV de Adviento (Ciclo C)

DOMINGO IV DE ADVIENTO (C)

Lecturas: Mi 5, 1-4a; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45

Figuras del Adviento. La liturgia de Adviento nos ha ido presentando varias personas santas relacionadas con el advenimiento de Cristo a la tierra. María y José encabezan ese cortejo de personas (Isabel, Juan Bautista, Simeón y Ana) que, día a día, se fueron preparando para el encuentro con Jesús. Por eso la Iglesia nos invita a asumir a fondo las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, mediante la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual (Juan Pablo II).

En el pasaje evangélico, hemos leído la escena de la visitación de María a su prima Isabel. La presencia de la que ya es Madre del Redentor en la casa de Isabel estremece las entrañas de ésta, derramando sobre madre e hijo las primicias de la gracia redentora. Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, reconoce en María a la madre de su Señor. Y pronuncia esas palabras de alabanzas a la Virgen, que ésta endereza enseguida al Señor.

Acatamiento de la voluntad divina. Fijémonos en Santa María. Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que te han dicho de parte del Señor. Isabel alaba la fe de María. No ha habido fe como la de la Virgen; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno.

María y José viven ilusionados con la llegada de Jesús. Se dedican a preparar el nacimiento del Señor, porque saben que ya está cercano. Como toda madre, la Virgen tendría preparada la ropa, los pañales. José, carpintero él, haría una cuna para el Niño. Y seguramente le acondicionaría una habitación en su casa de Nazaret. Éstos eran sus planes. Sin embargo, de Roma llega una orden de empadronamiento. Y no queda más remedio que ponerse en camino hacia su ciudad de origen, Belén. El estado de gestación de la Virgen es avanzado, y el viaje incómodo. Pero no sale ni una queja de sus labios.

Ayuda importante. De la mano de Santa María y de San José tratemos de disponernos a recibir al Niño Dios de la mejor manera posible: es necesario retomar la lucha diaria con nuevos bríos, de modo que el Adviento y la Navidad supongan una profunda y real conversión personal. Jesucristo quiere que cada día, cada hora, cada instante los vivamos por entero con Él (Mons. Javier Echevarría). No resulta difícil imaginarse a María y a José en aquellas semanas próximas al nacimiento del Señor la leyendo la Sagrada Escritura, especialmente los pasajes que hablan del Mesías prometido. Sería una evocación meditada, de la que sacarían propósitos y que les servirían como preparación para recibir al Niño Jesús.

La consideración de las jornadas previas al nacimiento de Jesús, de los acontecimientos acaecidos en la vida de la Virgen y de su esposo, nos ayuda a contemplar al Niño-Dios. Estas escenas nos facilitan el prepararnos con alegría al misterio de la venida del Señor, e intensificar nuestra oración, medio indispensable para crecer en intimidad con Dios.

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