Homilía del II Domingo de Navidad (Ciclo A)

DOMINGO II DE NAVIDAD (A)

Lecturas: Si 24, 1-4.12-16; Ef 1, 3-6.15-18; Jn 1, 1-18

Desde la eternidad. En el principio, antes de los siglos, me formó y existiré para siempre. Este principio al que se hace referencia en la 1ª lectura es la eternidad. La Sabiduría es una propiedad divina, es eterna y se identifica con Dios. El Prólogo del Evangelio de san Juan comienza con las mismas palabras: En el principio… para destacar la eternidad del Verbo de Dios, de esa Palabra que en el tiempo se encarna. La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Aquí está expresado de manera concentrada el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica habla de cuatro motivos para la Encarnación. El Verbo se encarnó: para salvarnos reconciliándonos con Dios; para ser nuestro modelo de santidad; para que nosotros conociésemos así el amor de Dios; y para hacernos partícipes de la naturaleza divina, concediéndonos la filiación divina. Como hemos leído en la 2ª lectura, Dios antes de la creación del mundo (…) nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.

Filiación divina. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios. Recibamos a Cristo, abrámosle las puertas de nuestro corazón a Jesús, dejemos que Él ilumine con su luz -esa luz verdadera que ilumina a todo hombre– nuestra mente. Y seremos hijos de Dios. Cristo es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia. La gracia nos hace realmente hijos de Dios. Esta realidad hizo escribir a san Josemaría Escrivá: De lejos ‑allá, en el horizonte‑ parece que el cielo se junta con la tierra. No olvides que, donde de veras la tierra y el cielo se juntan, es en tu corazón de hijo de Dios.

El 29 de mayo de 1982, en el estadio de Wembley, con los graderíos lleno de gente joven, Juan Pablo II celebró la Santa Misa. En la homilía, dijo unas palabras que, por fuerza, debieron impresionar a los que allí estaban: Al mirar a esta gran asamblea, siento un respeto enorme por cada uno de vosotros. Sois hijas e hijos de Dios.

Orgullo santo. Cuando una hija del rey Luis XV de Francia, Luisa, fue reprendida por una de sus servidoras, replicó con enojo: ¿No soy acaso la hija de tu rey? La otra no se amilanó ante semejante impertinencia, sino que supo poner a la princesa en su lugar con esta respuesta: Y yo, ¿no soy acaso la hija de tu Dios? La princesa siempre recordó estas palabras. Pasados los años, siendo carmelita, guardaba gran reconocimiento a quien supo darle tan provechosa lección.

Agradezcamos a Dios el habernos concedido la filiación divina. Dios es Padre. No nos trata como simples criaturas, sino como hijos suyos. El mismo Jesucristo nos enseñó a llamar Padre a Dios. Tratemos a Dios como Padre, con sinceridad, con amor, con confianza. El saber que Dios es Padre nos da seguridad, paz y alegría. Somos hijos de un buen Padre, que piensa más en nosotros que nosotros en Él… Sólo debemos procurar estar bien con Dios, no tener pecados en el alma y amarle, y luego ningún temor: Dios nos está mirando y es imposible que nos olvide. Tengamos deseos de contentar a Dios.

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