Homilía del Domingo II de Navidad (Ciclo C)

DOMINGO II DE NAVIDAD (C)

Lecturas: Si 24, 1-4.12-16; Ef 1, 3-6.15-18; Jn 1, 1-18

Una meta: la santidad. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (…). Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos.¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos: nuestras fuerzas, nuestra salud, nuestra enfermedad, nuestros deseos, nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestros amores… Todo para Dios.

¿Cómo se obtiene la santidad? Tres palabras lo dicen todo; quererla, pedirla, ganarla. Hay un querer aparente, que solemos confundir con el verdadero. Es la simpatía, es el deseo de su posesión, es la envidia de buena ley del que la alcanzó; simpatía que no nos estimula a dar pasos ni a hacer esfuerzos o imponernos violencia. Esto no es querer. El que quiere está dispuesto a todo, a pagar el precio en privaciones, en inmolaciones; a recibir humillaciones y golpes, etc. Cuando así se quiere la santidad, muy pronto nos veremos adornados de ella (Beato Marcelo Spínola).

Llamada a la santidad. El Señor sigue llamando hoy día a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto, ya que la participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí… (Mt 11, 29). Ser santo quiere decir tratar de pensar como pensaba Cristo, querer como quería Cristo, hablar como hablaba Cristo, trabajar como trabajaba Cristo, ser otro Cristo, es decir, ser un auténtico testigo de Cristo y un verdadero cristiano.

El ejemplo de los santos. Toda la historia de la Iglesia es historia de santidad, animada por el único amor que tiene su fuente en Dios. Sólo la caridad sobrenatural, como la que brota siempre nueva del corazón de Cristo, puede explicar el prodigioso florecimiento de vidas santas, de muchedumbre de hombres y mujeres, que el Espíritu Santo ha forjado, transformándolos en modelos de entrega evangélica (Benedicto XVI). La Iglesia al canonizar a los santos los pone como ejemplo de santidad.

Los santos no cayeron del cielo a la tierra; se fueron elevando poco a poco de la tierra al cielo. También ellos experimentaron la fragilidad y el pecado, pero convencidos de que la gracia y el perdón de Dios son más fuertes que nuestra debilidad, supieron luchar con todas sus fuerzas por subir a las cumbres de la unión con Dios y acogieron la invitación de Jesucristo: Seréis mis testigos proclamándolo con su vida y con su muerte. Ellos son luz en nuestro camino para vivir con valentía la fe, para alentar el amor al prójimo y para proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano.

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