Clases de Religión. Historia Sagrada (Lección vigésima)

Historia Sagrada

Lección vigésima

Helí y Samuel. Los profetas

¿Quién fue Helí? Era juez y sumo sacerdote de Israel. Un hombre justo y temeroso de Dios; y tenía dos hijos, Ofní y Finés, que eran sacerdotes del Señor en el santuario de Siló. Los hijos de Helí eran hombres depravados que no reconocían al Señor ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo (1 S 2, 12). La conducta llena de codicia y totalmente relajada de Ofní y Finés escandalizaba al pueblo y lo alejaba del Tabernáculo. Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, y -aunque era temeroso de Dios- fue negligente para corregir a sus hijos, y se encontró sin fuerzas para controlarlos. Al enterarse del comportamiento de Ofní y Finés, les dijo: ¿Por qué os comportáis así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? (1 S 2, 23-25). Pero los hijos no le hicieron caso. La negligencia en corregirlos desagradó al Señor.

¿Recibieron castigo los hijos de Helí? El Señor advirtió a Helí por medio de Samuel que su familia estaba ya reprobada y que en breve sus hijos recibirían el castigo que sus culpas merecían. El Señor dijo a Samuel: Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. Aquel día cumpliré en Helí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso, juro a la casa de Helí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrendas (1 S 3, 11-14). Después de oír estas palabras del Señor, Samuel le contó todo a Helí sin ocultarle nada. Entonces Helí dijo: Es el Señor. Que haga lo que considere mejor (1 S 3, 18).

Muy pronto se cumplió la amenaza divina. Habiendo atacado los filisteos a los israelitas, estos fueron derrotados. Entonces los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos (1 s 4, 3). Ofní y Finés llevaron el Arca de la Alianza al campamento israelita. En una nueva batalla, los filisteos derrotaron otra vez a los israelitas, y el Arca de la Alianza cayó en su poder. En la batalla murieron los hijos de Helí, Ofní y Finés.

Un mensajero fue a llevar la noticia de la derrota a Helí. “Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus hijos, Ofní y Finés, y el Arca de Dios ha sido capturada”. Al mencionar el Arca de Dios, Helí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años (1 S 4, 17-18).   

¿Dónde está la historia de Samuel? En el libro 1 de Samuel está el relato de los hechos más importantes de la vida de Samuel. Comienza con la petición de Ana al Señor para que conceda un hijo. Dios escuchó la oración de Ana, que concibió un hijo al que puso de nombre Samuel. El nacimiento de Samuel había sido para sus padres una gracia especial del cielo y recompensa de su piedad.

Siendo aún niño, Samuel fue llevado por sus padres a Siló, donde se hallaba el Tabernáculo, y lo entregaron al sumo sacerdote Helí, para que fuese consagrado al servicio de Dios durante su vida.

¿Recibió Samuel de Dios una llamada especial? Sí. Estando acostado Samuel en el Santuario del Señor donde estaba el Arca de Dios, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “Aquí estoy” Y corrió hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí le respondió: “No te he llamado. Vuélvete a acostarte”. Y fue a acostarse. El Señor le llamó de nuevo: “¡Samuel!” Se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí contestó: “No te he llamado, hijo mío. Vuélvete a acostarte”. Samuel todavía no reconocía al Señor, pues aún no se le había revelado la palabra del Señor. Volvió a llamar el Señor por tercera vez a Samuel. Él se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Comprendió entonces Helí que era el Señor quien llamaba al joven, y le dijo: “Vuelve a acostarte y si te llaman dirás: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’” Samuel se fue y se acostó en su aposento. Vino el Señor, se presentó y le llamó como otras veces: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 4-10).

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Esta oración fue el inicio de la misión de Samuel como profeta llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues siempre su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Con Samuel se inicia una nueva etapa del pueblo israelita en la que Dios dará a conocer su palabra a través de los profetas que, como hombres de Dios, interpelarán al pueblo, a los sacerdotes y hasta al mismo rey.

¿Cómo llegó Samuel a ser juez de Israel? Cuando murió Helí, los israelitas, sabiendo que Dios estaba con Samuel, eligieron a éste como juez. Samuel y Helí son los únicos jueces que ejercieron autoridad en las doce tribus. Samuel fue juez sobre Israel durante toda su vida. Cada año recorría Betel, Guilgal y Mispá ejerciendo allí su función e juez sobre los israelitas. Después volvía a Ramá, donde estaba su casa y donde desempeñaba su función de juez. Allí también edificó un altar al Señor (1 S 7, 15-17).

¿Cuáles fueron los logros de Samuel? Samuel tuvo la dicha de recobrar el Arca de la Alianza, que se habían llevado los filisteos, quienes no tuvieron ningún reparo en devolverla a los israelitas, pues durante todo el tiempo que la tuvieron en su poder no cesaba de atraerles todo género de desgracias. Además, hay que destacar la victoria sobre los filisteos. Estos quedaron humillados y no volvieron a acercarse a las fronteras de Israel, pues la mano del Señor siguió pesando sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel (1 S 7, 13). También bajo el gobierno de Samuel se rehizo Israel de los desastres que había sufrido y disfrutó de larga paz.

¿Quiénes ayudaron a Samuel en las funciones de su cargo? Cuando Samuel se fue haciendo viejo, designó a sus hijos como jueces sobre Israel; el nombre del mayor era Joel, y el del segundo, Abías. Eran jueces en Berseba. Pero sus hijos no se comportaron como él, sino que se inclinaron al propio provecho, aceptando el soborno y pervirtiendo la justicia (1 S 8, 1-3). Al ver el comportamiento de los hijos de Samuel, el pueblo pidió a Samuel un rey. Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y se acercaron a Samuel en Ramá, diciéndole: “Tú te vas haciendo viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones” (1 S 8, 4-5).

¿Agradó a Samuel esta petición? No, le disgustó que le dijeran: Nómbranos un rey que nos gobierne, e invocó al Señor. El Señor le dijo: Escucha la voz del pueblo en todo lo que te propone. No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey. Han obrado así desde que salieron de Egipto hasta el día de hoy: me han abandonado y han servido a dioses extranjeros, y así se portan ahora contigo. Sin embargo, escucha su voz, pero adviérteles bien y explícales los derechos del rey que reine sobre ellos (1 S 8, 7-9). Después de haber escuchado estas palabras de Dios, Samuel ungió a Saúl como rey. Era aproximadamente el año 1040 antes de Jesucristo. Saúl fue el primer rey de Israel.

¿Se puede decir que Samuel fue profeta? Sí, porque escuchaba atentamente a Dios y sabía transmitir fielmente el mensaje recibido, aunque resulte severo a sus oyentes inmediatos.

¿A quién se le puede llamar profeta? A toda persona elegida por Dios para revelar sus deseos relativos al pueblo de Israel y que algunas veces predecían acontecimientos futuros. Aunque en todo tiempo tuvieron los judíos algunos profetas, nunca fue mayor el número de éstos como desde el siglo undécimo al quinto antes de Jesucristo.

¿Quiénes son los profetas cuyos escritos están en la Biblia? Los profetas que escribieron los libros proféticos son diecisiete. Se dividen en profetas mayores y profetas menores, según la mayor o menor extensión de sus libros. Los mayores son: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Algunos incluyen en este grupo a Baruc. Y los menores son: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

¿Cuál era la misión de los profetas? Samuel comenzó la serie de hombres inspirados por Dios, los cuales con sus exhortaciones, amenazas y promesas, trabajaron durante seiscientos años para conservar la fe en el pueblo de Israel. Pero la misión principal de los profetas fue anunciar la venida de Aquél a quien, según la promesa hecha a los patriarcas, bendecirían todas las naciones de la tierra, es decir, el Salvador del mundo, e indicar a la vez algunas particularidades con que podría reconocérsele.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s