Homilía del Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Jr 1, 4-5.17-19; 1 Co 12, 31 – 13, 13; Lc 4, 21-30

Vocación sacerdotal. Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles. En la 1ª lectura vemos cómo Dios había elegido a Jeremías, antes de que el profeta fuera concebido. Y no es un caso aislado. Toda persona que recibe una llamada de Dios -vocación- ha sido elegida desde toda la eternidad. Dios ya había decidido llamarla antes de la creación del mundo, y pensado la misión que debe realizar en esta tierra. Algunos reciben carismas para cumplir su cometido. Los carismas son gracias especiales que concede el Espíritu Santo a determinadas personas, en beneficio de otras y en orden a la utilidad común de la Iglesia.

En la Última Cena, además de la Eucaristía, Cristo instituyó el sacramento del Orden. A lo largo de la historia de la Iglesia, Dios ha llamado a hombres para que fueran sacerdotes de la Nueva Alianza. El Orden es uno de los dos sacramentos al servicio de la comunidad. Los sacerdotes ejercen su servicio en el pueblo de Dios -la Iglesia- mediante la enseñanza, el culto divino y por el gobierno pastoral.

Al servicio de los demás fieles. Cuando san Juan María Vianney iba a Ars para encargarse de la iglesia de aquella aldea, se extravió. Pero tuvo suerte: enseguida se encontró con unos niños pastores que cuidaban sus ovejas. Uno de ellos indicó al joven sacerdote el camino hacia Ars. Amiguito -díjole Vianney-, tú me has mostrado el camino de Ars; yo te mostraré el camino del Cielo.

Tenía toda la razón, porque la misión del sacerdote -además de ofrecer a Dios el sacrificio eucarístico, que es su principal ministerio- es ayudar a sus hermanos -los hombres- a alcanzar la salvación, ya que es verdadero mediador entre Dios y los hombres. Lo propio de todo mediador es unir a los extremos; en el caso del sacerdote, lo que le es propio es unir a los hombres con Dios. El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos (San Josemaría Escrivá).

Don inmerecido. De los sacerdotes los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aún graves, que surjan. No es ésta su misión (Concilio Vaticano II). El sacerdote, como buen pastor, tiene que transparentar el rostro misericordioso de Jesús; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral.

Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. Para ser ordenado es preciso tener vocación. Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al sacerdocio, debe someter su deseo a la autoridad de la Iglesia, a la cual corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento a quienes sean idóneos y estén dispuestos. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido.

 

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