Homilía del Domingo II de Cuaresma (Ciclo C)

DOMINGO II DE CUARESMA (C)

Lecturas: Gn 15, 5-12.17-18; Flp 3, 17 – 4, 1; Lc 9, 28b-36

Promesa divina. Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: “Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. En la plegaria eucarística I  de la Misa se habla de Abrahán como nuestro padre en la fe. El Patriarca, contra toda esperanza, creyó en la palabra de Dios, sin flaquear su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor alguno, debido a su ancianidad, y también la amortiguada matriz de Sara. Ante la promesa de Dios no vaciló, sino que fortalecido por la fe, dio gloria a Dios, convencido de que Dios era capaz de cumplir lo que había prometido.

Jesucristo habla repetidas veces de la recompensa que recibirán los que aquí en la tierra siguen sus enseñanzas. En la 2ª lectura, san Pablo nos dice: Él (Jesús) transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Tengamos mucha fe, porque Dios cumple sus promesas. Ante la tentación de dudar sobre la verdad del  Evangelio, confiemos en Jesús. Él dijo que nunca nos dejaría solos. Sí, el Evangelio es auténtico, pero es preciso tener el coraje de llevarlo a la práctica. Entonces veremos cómo Jesús nos acompaña por el camino de la vida.

Advertencia divina. Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. De la misma manera que Dios recibirá en el Cielo a los que cumplen su voluntad, rechazará a los que, haciendo caso omiso del Evangelio, arrastran una vida colmada de vicios y ponen su afán en las cosas que esclavizan. Por eso Jesucristo advierte: El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego (Mt 13, 41‑42).

La verdadera felicidad para los hombres está en la visión de Dios cara a cara en el más allá, y en la visión de Dios aquí y ahora por medio de la fe. Cultivemos la fe recibida para que sea brújula que oriente nuestra vida hacia Dios, de donde viene la luz y la felicidad. Viviendo coherentemente nuestra fe, daremos testimonio auténtico de vida cristiana y haremos que en la sociedad actual resplandezca la luz vivificante del Evangelio.

Camino de fe. Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. El deseo de san Pedro es lógico, pero como dice Benedicto XVI: A nadie se le concede vivir en el Tabor mientras está en esta tierra. En efecto, la existencia humana es un camino de fe y, como tal, transcurre más en la penumbra que a plena luz, con momentos de oscuridad e, incluso, de tinieblas. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se realiza más en la escucha que en la visión; y la misma contemplación se realiza, por decirlo así, con los ojos cerrados, gracias a la luz interior encendida en nosotros por la palabra de Dios.

La felicidad plena sólo está en el Cielo, al que llegaremos -por la infinita misericordia de Dios- cuando hayamos pasado definitivamente por este mundo. Entonces podremos gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.

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