Homilía del Domingo III de Cuaresma (Ciclo C)

DOMINGO III DE CUARESMA (C)

Lecturas: Ex 3, 1-8a.13-15; 1 Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9

Vocación de Moisés. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés”. Respondió él: “Aquí estoy”. Dios elige a Moisés para que sea él quien libere a los israelitas de la esclavitud de los egipcios. La tarea encomendada no es fácil, pero antela llamada de Dios no hay que detenerse en la dificultad de la misión encomendada, o en las pocas cualidades de uno, o en sus defectos. Hay que confiar en el querer y poder de Dios.

En el libro de Éxodo se narra cómo Moisés se resiste. Pone una serie de excusas: ¿Quién soy yo para ir al Faraón y para sacar a los hijos de Israel de Egipto? (Ex 3, 11). No me creerán, ni escucharán mi voz; antes bien dirán: No se te ha aparecido Yavé (Ex 4, 1). Señor, desde siempre he sido hombre premioso de palabra, y aún ahora que has hablado a tu siervo, sigo siendo torpe de boca y de lengua (Ex 4, 10). Señor, envía a otro, a quien quieras (Ex 4, 13). Moisés sólo ve sus limitaciones, pero acepta su misión, saca a los israelitas de Egipto y los conduce a la tierra prometida.

¿Qué es la vocación? En primer lugar, vocación es el llamamiento de Dios a la fe y a la vida eterna; es la invitación a aceptar el beneficio de la salvación dirigida a toda persona humana. Es asimismo, el llamamiento a seguir a Jesús y a oír el Evangelio, la Buena Nueva. Esta vocación es universal y es santa. Pero también hay vocaciones particulares que Dios dirige a algunas personas para que sirvan a Dios y a la Iglesia, y trabajen por la salvación de las almas, según un carisma específico.

En el Evangelio vemos cómo el Señor llamaba a algunos para que le siguieran. También recogen los evangelistas las hermosas respuestas que dieron la mayoría de los llamados. Pues bien, desde los tiempos evangélicos hasta nuestros días, Dios no ha dejado de llamar a un grandísimo número de hombres y mujeres. Y son una infinidad los que  han respondido con un sí lleno de voluntariedad y con plena consciencia a la llamada del Señor. Los jóvenes, en la primavera de su vida, deben estar a la escucha de la voz de Dios, para saber qué quiere Dios de ellos.

Otra pregunta. ¿Cómo sabe uno que Dios le llama?, es la pregunta que suele hacerse quien se plantea la posibilidad de seguir una vocación. Dios, ordinariamente, se vale de medios humanos para llamar a muchas personas a una vida de entrega total. Y son muy diversas las maneras con las que el Señor hace conocer a los hombres su voluntad y lo que quiere para cada uno de ellos.

Pero además, conviene añadir hay que la vocación sólo prospera en un corazón generoso, capaz de jugarse toda la vida por amor de Dios. Es posible que uno tenga proyectos de futuro y, de pronto, Dios le dé a conocer sus planes respecto a él. No hay que admitir la duda. Que se olvide de sus proyectos y siga la llamada de Dios. ¿Vale la pena renunciar a una serie de cosas por seguir a Cristo? Posiblemente, será esto lo que se pregunten hoy los jóvenes ricos de nuestro tiempo, aburguesados y con un corazón tibio. Pero un joven que ama a Jesús ni siquiera se plantea la cuestión, porque sabe que Dios nunca se deja ganar en generosidad.

 

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