Curiosidades y costumbres del Papa (Institución del Cardenalato)

INSTITUCIÓN DEL CARDENALATO

 

El origen del cardenalato se le atribuye al papa san Evaristo (97-105), aunque no existe la menor garantía para tal atribución. Éste pontífice distribuyó a los presbíteros los títulos o casas destinadas al culto divino en la ciudad de Roma, a la vez que ordenaba que siete diáconos asistiesen al obispo mientras predicara al pueblo. El Liber Pontificalis narra: En el lugar donde había de erigirse un templo, se ponía al principio una Cruz como título o signo. Las iglesias recibían luego el nombre del mártir sobre cuya tumba o signo se había erigido. Con el tiempo, prevaleció la costumbre de que no se llamara Títulos a todas las iglesias o monumentos de los mártires, sino exclusivamente a los más importantes. Los presbíteros que tenían a su cuidado estos Títulos fueron llamados muy pronto cardenales. De ahí que se diga que san Evaristo fue quien instituyó el cardenalato.

 

A lo largo de la Edad Media se fue configurando el Colegio Cardenalicio. Desde muy pronto figuró como institución determinada por reglas rigurosas, y comprendió tres categorías: Cardenales-Obispos, Cardenales-Presbíteros y Cardenales-Diáconos.

 

Los Cardenales-Obispos eran los de las siete ciudades vecinas a Roma (sedes suburbicarias): Ostia, Albano, Palestrina, Porto, Sabina, Frascati y Velletri. Terminaron por pertenecer más a la Iglesia romana que a sus sedes particulares, al estar en servicio permanente de la Sede de San Pedro. Era natural que el papa escogiese a sus colaboradores entre tales obispos.

 

Los Cardenales-Presbíteros eran los encargados de las iglesias importantes de Roma (Títulos), que venían inmediatamente después de las grandes basílicas; desde antiguo el número de estos Títulos se había fijado en veinticinco. Debían ir dos veces por semana a asistir al papa, a juzgar las causas de los laicos y a ejercer la disciplina de los clérigos. Ser cardenal en el siglo X era algo más que ser sacerdote.

 

Finalmente estaban los Cardenales-Diáconos. Desde antiguo los siete diáconos encargados de los siete distritos eclesiásticos de Roma eran Superiores. Afectos al palacio de Letrán, deliberaban con el papa y asistían a las asambleas de los Cardenales-Presbíteros y, como ellos, suscribían las bulas pontificias. Estos siete diáconos no tenían ninguna relación con las diaconías o edificios destinados a obras caritativas, que tenía cada uno aneja una iglesia de menor categoría que un Título.

 

Pronto los cardenales llegaron a ser considerados como el Senado del romano pontífice por el consejo y ayuda que prestaban al papa para ventilar los negocios más importantes en el gobierno de la Iglesia universal. Dada la importancia y transcendencia de su misión, a la que el papa Nicolás II, en el año 1059, añadió el derecho exclusivo de elegir papa, se sintió la conveniencia de incorporar al Sacro Colegio a eclesiásticos eminentes que vivían en lugares alejados de Roma, para que también ellos aportasen su consejo y experiencia en lo que tan íntimamente afectaba a la Iglesia Católica.

 

Los cardenales, Príncipes de la Iglesia, por su alta dignidad, gozan de ciertos atributos especiales por cuanto se refiere al trato social y al porte exterior, no sólo en las funciones litúrgicas, sino también en la vida ordinaria. Algunos objetos que integran su vestuario les son entregados solemnemente, ya por el papa, ya por medio de sus delegados. El papa Inocencio IV, en el concilio I de Lyon (año 1254) les concedió el capelo o sombrero encarnado, con lo que quiso advertirles el Pontífice que en todo momento debían estar pronto a derramar su sangre en defensa de la libertad del pueblo cristiano; Bonifacio VIII (año 1303), la sagrada púrpura; Paulo II (año 1464) facultó a los cardenales que no pertenecieran a Órdenes religiosas para usar la birreta roja, y Gregorio XIV (año 1591) extendió la gracia a todos los demás; Urbano VIII (año 1630) les dio el título de eminencia y el rango de príncipes de la Iglesia; san Pío X (año 1905) autorizó a todos los cardenales que no fueran obispos para llevar cruz pectoral; por fin, el beato Juan XXIII decretó que todos los cardenales tuvieran el carácter episcopal.

 

El color de los cardenales es rojo en recuerdo de la sangre, pues todos deben estar dispuestos a derramarla en defensa de la fe. Y el pontífice, cuando les impone la birreta, les dice: A alabanza de Dios omnipotente recibe la birreta roja como símbolo de la dignidad del cardenalato, y señal de que debes estar dispuesto a actuar con fortaleza, hasta la efusión de la sangre, para el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios, y la libertad y difusión de la Santa Romana Iglesia. Por su parte, cada uno de los cardenales promete fidelidad a Cristo y al papa: Yo cardenal de la Santa Romana Iglesia, prometo y juro permanecer siempre, mientras tenga vida fiel a Cristo y a su Evangelio, constantemente obediente a la Santa Apostólica Iglesia Romana, al Beato Pedro en la persona del Sumo Pontífice N………………, y a sus sucesores canónicamente elegidos, conservar siempre con las palabras y con las obras la comunión con la Iglesia Católica, no manifestar a nadie cuanto me será confiado para custodiar y cuya revelación puede producir daño o deshonor a la Santa Iglesia, cumplir con gran diligencia y fidelidad las misiones a las que estoy llamado al servicio de la Iglesia según las normas del Derecho. Así me ayude Dios omnipotente.

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