Homilía del Domingo IV de Cuaresma (Ciclo C)

DOMINGO IV DE CUARESMA (C)

Lecturas: Jos 5, 9a.10-12; 2 Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3.11-32

Una decisión equivocada. En la parábola del hijo pródigo, Jesús habla de la paternal misericordia de Dios, de su desvelo por cada uno de los hombres y de su alegría por la conversión del pecador. En ella se describe de forma maravillosa el proceso de la conversión y de la penitencia de un joven que, deslumbrado por los espejuelos de este mundo, se metió en el embarrado camino del pecado y de la perdición.

El hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Abandonó la casa paterna con ansia de libertad, que bien pronto comprobará que es una libertad ilusoria, una verdadera esclavitud. ¡Cuántas personas no quieren llevar el yugo suave de Cristo! Y haciendo caso omiso de los mandamientos de la Ley de Dios se entregan al libertinaje. El hombre cuando peca pasa de la condición de hijo de Dios a ser esclavo de Satanás; de gozar de la libertad propia de los hijos de Dios a estar encadenado por el pecado. Quebranta los mandamientos de Dios haciendo mal uso de su libertad y se encuentra que ha perdido la libertad.

Una decisión acertada. Malgastó allí su fortuna. El verdadero tesoro del hombre es la amistad con Dios, el estado de gracia. Con el pecado se pierde este tesoro. El alma queda privada de la gracia; la amistad con Dios se rompe; la paz y la alegría desaparecen; los méritos adquiridos anteriormente para alcanzar el premio de la felicidad eterna se esfuman. La parábola resalta la miseria extrema en que aquel joven se encontró tras haber malgastado su fortuna. Es la triste consecuencia del pecado. El joven buscó la felicidad fuera de la casa de su padre y no la encontró. Igualmente, la persona que fuera de los caminos trazados por Dios quiere encontrar la felicidad, no la encuentra.

Después viene el arrepentimiento. El joven reconoce su pecado, no lo justifica. Vence a la soberbia, pisotea su amor propio y se pone en camino hacia la casa paterna. Sabe que ha pecado contra Dios, contra su padre, y esto le duele. Hay contrición. Considera la bondad de su padre y el sufrimiento que le ha producido.

Dios perdona. Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. El padre del hijo pródigo es figura de Dios. De un Dios rico en misericordia, que sale al encuentro del hombre pecador. Es un Padre amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La acogida generosa y llena de alegría del padre habla de la misericordia divina y del perdón que Dios otorga al pecador en el sacramento de la Penitencia.

La parábola no dice nada de la madre del hijo pródigo. No es difícil imaginar que compartiría la misma pena que el padre al ver irse al más joven de sus hijos, pero también la alegría de verle de nuevo en casa. A Santa María, Refugio de pecadores, le pedimos que siempre tengamos el corazón bien contrito, y que no permita que nos alejemos de la casa paterna. Si alguna vez tenemos esa desgracia, que hagamos como el hijo pródigo y emprendamos enseguida el retorno a la casa del Padre mediante el sacramento de la Penitencia.

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