Voluntariado (Del libro “Brisa de primavera”)

Para Marta, sus vacaciones iban a ser reducidas a poco más de una quincena o, a lo sumo, tres semanas, durante el mes de julio; tiempo previsto para hacer el camino de Santiago con un grupo de jóvenes de la parroquia de su barrio. En agosto estudiaría para recuperar en septiembre dos asignaturas, el Inglés y las Matemáticas. Pero, comparada con Charo, se consideraba afortunada. Por las mañanas, estudio; y por las tardes podría salir con sus amigas.

El verano del año próximo pienso pasar unas vacaciones solidarias, con una ONG, ayudando a niños del Tercer Mundo -añadió Marta, después de explicar su plan veraniego-. Mi hermana Pilar estuvo el año pasado en Chad colaborando con unos misioneros, y dice que mola un montón.

Con cierto escepticismo por lo que oía, Daniel intervino:

Sí, tu hermana ya ha terminado medicina, y puede trabajar como médico, pero tú, ¿qué harías? Porque supongo que no pensarás ir en plan pijo, sólo para hacerte unos fotos con unas criaturas desnutridas.    

Tú, Daniel, siempre igual -dijo tomando la palabra Belén, un poco indignada, en defensa de su amiga-. Se puede hacer muchas cosas, como enseñar a cuidar la higiene, o acondicionar viviendas. Y aunque no se solucione ningún problema serio, sí se puede ayudar, o por lo menos que los niños se lo pasen bien jugando. 

Mi hermana volvió muy contenta -de nuevo era Marta la que hablaba-. Pese a las duras experiencias vividas, dice que vale la pena. 

¿Cómo se le ocurrió ir?, preguntó Alicia a Marta, interesada por el nuevo tema que había surgido.

Supongo que lo hizo por vivir una experiencia que le llevara a comprender una realidad diferente. Y por ayudar, claro. Aquí tengo una carta que me escribió estando allí. Leo unas líneas: “La vida aquí no es nada fácil, pero como médico, la forma de socorrer a esta gente es estando con ellos. Sé que lo que hacemos es algo puntual. Colaborar no es fácil en este país, pues Chad es muy inseguro. Aquí te asaltan ‘coupeurs de route’, ladrones armados que disparan al conductor y roban. A veces, ir a un hospital situado a menos de un kilómetro de dónde vivimos los cooperantes se convierte en una odisea. Las condiciones de vida son paupérrimas, pero vale la pena ayudar a multitud de personas, que carecen de lo más elemental para vivir. En más de una ocasión he pensado: ‘Te la juegas, pero da mucho’. Y es así. Aquí aún no se han perdido valores, que en Occidente han desaparecido por el individualismo, como la familia, la comunidad o la solidaridad. No existen los antidepresivos porque tienen cosas más importantes de las que preocuparse. Podría decirse que ellos, los nativos, me ayudan más a mí que yo a ellos. Estás aquí y se te viene a la cabeza que la vida en Europa parece insultante, ridícula”.     

¿Qué dijeron tus padres cuando leyeron la carta de tu hermana? Supongo que se asustarían, especialmente tu madre, inquirió Alejandro, que hasta entonces no había intervenido, aunque sí permaneció atento a todo lo que se estaba hablando.

No tienen noticia de la carta. Me la envió a mí, y como comprenderás, no se me ha ocurrido enseñársela a ellos.

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