Los Cónclaves (Sorpresa en el Cónclave)


SORPRESA EN EL CÓNCLAVE

 

En los primeros escrutinios de los cónclaves normalmente suele aparecer una dispersión de los votos, a no ser que haya una figura predominante que los aglutine aún sin alcanzar la mayoría requerida. La mayor parte de los votos van a las candidaturas más firmes, pero siempre hay bastantes electores que aún no se han definido por ninguno de los candidatos considerados como papables, y esperan a las sucesivas votaciones para dárselo al que aparezca con más probabilidades de reunir los dos tercios.

 

Por ejemplo, en el cónclave de 1878 el resultado de la primera votación fue: Pecci obtuvo 19 votos de un total de 61; Bilio, seis; De Luca, cinco: y algunos otros cardenales -entre ellos, Manning-, uno o dos todo lo más. En la siguiente votación se fue clarificando más la tendencia de los votos: Pecci obtuvo 26; Bilio, siete. La dispersión de votos había comenzando a disminuir. Con la accesión, Pecci llegó a los 34, y Bilio a nueve. En la tercera votación, 44 cardenales dieron su voto a Pecci, mientras que Bilio sólo obtenía cinco votos. Con este resultado Pecci resultaba elegido papa.

 

En el cónclave de 1903 el cardenal Rampolla obtuvo en el primer escrutinio 24; Gotti, 17; Sarto, cinco; Vannutelli, cuatro. Los 12 votos restantes, totalmente dispersos entre los demás miembros del Sacro Colegio. En la segunda votación, Rampolla ve incrementado los votos a 29, mientras que Sarto ve como se duplican los suyos. Los votos empiezan a agruparse en dos candidaturas. En la tercera votación, a pesar del veto austríaco, Rampolla consigue 30 votos, pero la progresión de Sarto es mayor. El 4 de agosto, Sarto alcanzó 50 votos de los 62 posibles, mayoría más que suficiente para ser papa.

 

Lo lógico es que el cardenal que a la postre resulta elegido papa, en las sucesivas votaciones va aumentando el número de los votos que recaen sobre su persona. Algunas veces, este aproximarse a la mayoría requerida ha sido aprovechado por algún cardenal para poner el veto al que seguramente saldría elegido en la siguiente votación.

 

Algunos cardenales emplean la primera votación para complacer a otros que por algún motivo los quieren honrar dándoles su voto. Hecho el cumplido, ya en las sucesivas votaciones votan al que considera más digno de llevar la carga del Pontificado. Como ejemplo sirve lo sucedido en el cónclave de 1559. El conclavista que acompañaba a un cardenal español fue a decir a cada uno de los 32 electores: El cardenal mi señor es muy anciano, por lo que no tiene la menor probabilidad. Hacedle, pues, la limosna de vuestro voto en la primera vuelta. No lo digo sino a vos… Y el viejo español consiguió obtener 17 votos hasta que se descubrió la añagaza.

 

En la ya larga historia de los cónclaves ha habido, con alguna frecuencia, un Colegio Cardenalicio dividido en dos bandos, cada uno de ellos apoyando a su candidato, hasta llegar a una vía muerta, pues ninguno de los bandos cedía haciendo imposible que los candidatos alcanzaran los dos tercios de votos requeridos. Es entonces cuando se decidían abandonar las candidaturas propuestas para elegir una nueva de consenso. Normalmente, de este modo de proceder solía salir elegido un cardenal anciano para ser un papa de transición. Era una forma de esperar cada facción unos meses o unos pocos años -lo que durara el pontificado del elegido- para intentar en un nuevo cónclave sacar adelante su candidatura.

 

Esto es exactamente lo que ocurrió en el cónclave de 1823. Nada más comenzar el cónclave se vio claramente definido dos grupos, los zelanti  y los politicanti (1), cada uno con su propio candidato. El primer grupo era dirigido por los cardenales Bartolomé Pacca y Agustín Rivarola, y el personaje más representativo del segundo grupo era el cardenal Conssalvi. Al no ser posible la elección de ninguno de los candidatos presentados por ambas facciones, se buscó una candidatura de compromiso. Ésta fue la del cardenal Della Genga, vicario de Su Santidad para la diócesis de Roma.

 

Cuando dio comienzo el cónclave el nombre del cardenal Della Genga no figuraba en la lista de papables. Nadie se había aventurado a pronosticar que sería el nuevo papa. Uno de los presentes en aquel cónclave, el cardenal inglés Nicholas Wiseman, al describir la procesión de entrada en el recinto del cónclave, escribió: Nadie quizás se fijó en una figura alargada y demacrada que caminaba débilmente y llevaba en sus rasgos la palidez de un hombre que no parece salir de una enfermedad sino para ponerse de cuerpo presente. Efectivamente, Della Genga tenía una precaria salud, y los últimos años había permanecido muchos más meses enfermo en la cama o convaleciente en su habitación que en activo. A pesar de ser el vicario de la diócesis de Roma, en la Ciudad Eterna era desconocido para los fieles. Wiseman afirmó que a Della Genga una elección más elevada que la voluntad de los hombres le había destinado el trono. El más sorprendido de la elección fue el propio elegido. Habéis elegido a un cadáver, dijo refiriéndose a su lamentable estado de salud. La insistencia de sus electores arrancó el consentimiento y aceptó la voluntad de Dios. Tomó el nombre de León XII.

 

Otra sorpresa surgió en el cónclave que siguió a la muerte de Clemente XII, en el año 1740. Fue el cónclave de mayor duración de los últimos siglos por las diferencias entre las distintas facciones existentes dentro del Sacro Colegio. Por una parte estaban los franceses unidos a los austríacos; por la otra, los españoles, napolitanos, toscanos y sardos. Además existía otra división: el grupo de los cardenales creados por Clemente XII, capitaneados por Neri Orsini; y el de los cardenales que fueron promovidos al cardenalato por Clemente XI, dirigidos por Aníbal Albani.

 

Después de seis meses de infructuosas negociaciones entre los diversos grupos, en pleno mes de agosto, un cardenal se dirigió a los demás componentes del Sacro Colegio con estas palabras: Si ustedes quieren a un santo, voten por Gotti; si quieren a un político, voten por Aldrovandi; si quieren a un hombre valiente, voten por mí. Quien habló de esta forma, completamente en broma para hacer sonreír a sus colegas, agotados bajo la canícula y encerrados en un cónclave que no tiene fin, es el cardenal Próspero Lambertini, arzobispo de Bolonia. Es hombre con fama de buen canonista y bien considerado entre los cardenales por su espíritu conciliador y por la integridad de sus costumbres, pero que entró en el cónclave sin la etiqueta de papable.

 

El resultado de sus palabras, dichas para hacer reír, es definitivo. Se clarificaron las ideas y se decantaron las pasiones. Todas las corrientes se polarizaron en la nueva candidatura, en la de Lambertini. Y en la votación de la mañana del 17 de agosto, la que hacía el número 265, se dan los cincuenta votos posibles al hombre valiente. Lambertini es elegido papa por unanimidad a pesar de que en el escrutinio anterior no había obtenido ni un solo voto. Se llamó Benedicto XIV.

 

Otra manera de superar la situación de estancamiento en el desarrollo de las votaciones es la renuncia de alguno de los dos o tres candidatos que están obteniendo mayor número de votos. Esto es lo que estuvo a punto de hacer el cardenal Della Chiesa (Benedicto XV) en el cónclave de 1914. Según relató el cardenal Gasparri en sus “Memorias”: Comenzadas las reuniones de los reverendísimos electores en la Capilla Sixtina, el cardenal Della Chiesa, aunque era cardenal sino desde hacía tan sólo tres meses, desde el primer día apareció entre los candidatos al Supremo Pontificado con un considerable número de votos, si bien no suficientes. En el segundo día aumentaron el número de los votos que se le dieron a dicho cardenal, pero sin todavía alcanzar el número requerido. En la mañana del tercer día del cónclave, antes de la reunión de los cardenales en la Capilla Sixtina, el cardenal Della Chiesa acudió a mi celda, y, poco más o menos, me dijo lo siguiente: “Los eminentísimos cardenales se hallan divididos y difícilmente podrán ponerse de acuerdo con la rapidez que lo están exigiendo las necesidades de la Iglesia; tengo la intención de leer, al principio de la sesión, esta declaración mía (en ella exhortaba a los cardenales a que prescindieran de su persona y a que dieran sus votos a cualquier otro candidato) y he venido a pedir consejo a vuestra eminencia, no teniendo ante mis ojos otra intención que la búsqueda del bien de la Iglesia en las gravísimas circunstancias en las que estamos viviendo”. Yo le respondí: “Si al comienzo de la próxima reunión continúa existiendo la divergencia que hasta el momento hemos tenido, pienso que sería conveniente que leyera su declaración, pero si me doy cuenta de que dicha divergencia lleva camino de terminar, haré una señal a vuestra eminencia para que se abstenga de leerla”. Y fue esto último lo que en realidad vino a suceder, pues en la reunión antemeridiana me pude percatar inmediatamente que la divergencia llevaba camino de terminar con rapidez. En consecuencia, hice al cardenal Della Chiesa la señal negativa que habíamos convenido. Y, en efecto, en la reunión de la tarde del día 3 de septiembre de 1914, el cardenal Della Chiesa fue elegido nuevo pontífice.

 

También hay que hacer referencia a un dicho popular: Quien entra en el cónclave de papa sale de cardenal. Este dicho expresa lo que solía ocurrir: que el cardenal favorito para ser elegido papa no salía del cónclave como papa al no haber sido elegido. Esto fue lo que ocurrió en el cónclave de 1592. La mayoría de los cardenales querían elegir al cardenal Santori, hombre intachable, y al efecto se reunieron inmediatamente después de comenzado el cónclave en la Capilla Paulina. Como según el derecho canónico basta que los dos tercios de los cardenales coincidan en la expresión de su voluntad para que el designado por ellos sea papa, cualquiera que sea la forma en que tal voluntad se exprese, Santori tenía motivos para creer que estaba ya elegido. Muchos cardenales eran de la misma opinión, y empezaron a solicitar gracias del “nuevo papa”. Pero el Decano del Sacro Colegio sostuvo que una simple reunión preparatoria de la elección no significaba todavía una expresión de la voluntad, y exigió que se hiciera la votación en la forma regular. Pero en ésta, Santori no reunió los dos tercios de los votos. Entonces se vio una vez más cuánto habían cambiado los tiempos. En la Edad Media se hubiera producido indefectiblemente un cisma; ahora, Santori, aunque profundamente desilusionado, se sometió inmediatamente, y tomó parte en las siguientes votaciones, como si nada hubiera ocurrido.

 

Pero últimamente, en cónclaves más recientes no se ha cumplido el dicho, pues en 1939 el cardenal Pacelli era el candidato más firme para ser papa y salió del cónclave siendo Pío XII. Lo mismo ocurrió en el cónclave de 1963. El cardenal Montini era el favorito y fue elegido papa (Pablo VI). Y en el cónclave del año 2005, el cardenal Ratzinger, a pesar de su edad (78 años), entró en el cónclave con las máximas posibilidades de ser elegido, y efectivamente, salió del cónclave siendo el papa Benedicto XVI.

 

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(1)  Por aquel entonces había en el seno del Colegio Cardenalicio dos corrientes: la de aquellos que eran partidarios de mantener la organización social y política del Antiguo Régimen, por lo que frente al liberalismo mantenían posiciones de un radical enfrentamiento, y que deseaban un Papa intransigente y firme en la defensa de los derechos de la Iglesia. Éstos eran los zelanti (celosos); y la de los que admitían la posibilidad de modificar la organización social de los Estados Pontificios. Éstos, llamados politicanti, pensaban que el desmoronamiento de las estructuras de los Estados de la Iglesia, provocado por la política napoleónica durante los años de ocupación, era una magnífica ocasión para levantar unos nuevos Estados Pontificios reformados administrativamente. Abogaban por un papa más conciliador. cfr. Diccionario de los Papas y Concilios (Editorial Ariel, S. A., Barcelona, 1998), dirigido por Javier Paredes.

 

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