Clases de Religión. Historia Sagrada (Lección 30ª)

Historia Sagrada

Lección trigésima

Cautividad de Babilonia

¿Quiénes fueron los últimos reyes de Judá? El inmediato sucesor de Josías fue su hijo Joacaz. Pero éste reinó muy poco tiempo -tres meses- pues el rey de Egipto Necó II lo destronó de Jerusalén y lo hizo prisionero, llevándoselo a Egipto donde murió. Además impuso al país el pago de cien talentos de plata y uno de oro. Destronado Joacaz, el faraón puso en el trono de Judá a Eliaquim, hijo también de Josías, cambiándole el nombre por el de Joaquín. Esto ocurría en el año 608 a. de C. Joaquín I, muy débil de carácter y además entregado a la idolatría, pagó el tributo a Necó II, y, a pesar de las terribles amenazas de los profetas Jeremías y Baruc, desoyó las advertencias del cielo. Su reinado de Joaquín I se caracterizó por la corrupción y la injusticia; él fue el responsable del asesinato del profeta Urías, y no quiso escuchar la palabra del Señor por boca de Jeremías.

A Joaquín I, muerto en el año 598 a. de C., le sucedió su hijo, también llamado Joaquín -Joaquín II-. Éste reinó poco tiempo, pues llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor. El rey de Babilonia puso en el trono de Judá al tío de Joaquín II, llamado Matanías, al que le fue cambiado el nombre por el de Sedecías. Éste fue el último rey de Judá.

¿Cuándo comenzó la cautividad de Babilonia? Hubo dos deportaciones. La primera durante el reinado de Joaquín II, en el año 597 a. de C., aunque antes ya algunos jóvenes judíos habían sido llevados a Babilonia. En el año 612 a. de C., aún durante el reinado de Josías, Nínive fue destruida por los medos y babilonios, que se repartieron el imperio de Asiria. Creyendo el rey de Egipto Necó II que había llegado el momento propicio para apoderarse de Siria y Palestina, atacó a Nabopolasar, rey de Babilonia. Éste envió contra el faraón a su hijo Nabucodonosor, que derrotó al egipcio en Carquemís.

Después de vencer en Carquemís, Nabucodonosor siguió su expedición y llegó a Jerusalén para someterla; se apoderó de ella, saqueó el Templo, exigió un fuerte tributo para dejar al rey de Judá en libertad, y se llevó consigo a cierto número de judíos, entre ellos al Daniel y a sus compañeros. Esto ocurrió en el año 605 a. de C. Fue el preludio de la cautividad de Babilonia anunciada por los profetas.

Muerto Nabopolasar (año 604 a. de C.), le sucedió Nabucodonosor en el trono de Babilonia. Éste rey -Nabucodonosor II- fue el más poderoso de los reyes de Babilonia. El poder de su imperio se extendió por todo el Oriente próximo.

En el año 601 a. de C., Joaquín I, rey de Judá, se rebeló contra Nabucodonosor y atrajo sobre sí los ataques a pequeña escala de los reinos vecinos favorables al poder babilonio. Y Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él (Joaquín I); lo sujetó con cadenas de bronce y lo deportó a Babilonia. Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del Templo del Señor y los depositó en su palacio (2 Cro 36, 6-7).  

En el año 597 a. de C., nada comenzar el reinado de Joaquín II, los soldados de Nabucodonosor sitiaron la ciudad de Jerusalén. Luego llegó Nabucodonosor, rey de Babilonia, frente a la ciudad, mientras sus soldados estrechaban el cerco sobre ella. Joaquín II, rey de Judá salió al encuentro del babilonio, y éste lo tomó prisionero. Conquistada la ciudad de Jerusalén, Nabucodonosor saqueó por segunda vez el Templo del Señor, llevándose todos los tesoros del Templo y también los del palacio del rey. Hizo añicos todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el Santuario del Señor. Sucedió tal como lo había dicho el Señor. Llevó cautiva a Jerusalén entera, a todos los jefes y a todos los guerreros valientes; hizo diez mil cautivos, todos los herreros y cerrajeros. No dejó más que al pueblo llano pobre. Llevó cautivo a Joaquín, a la madre del rey, a sus esposas, eunucos y a los hombres importantes del país; los llevó a la cautividad desde Jerusalén a Babilonia. A todos los varones fuertes, siete mil, a los herreros y cerrajeros, mil, a todos los guerreros que podían pelear, el rey de Babilonia los llevó a la cautividad de Babilonia (2 R 24, 13-16). Fue la primera deportación.

¿Y la segunda…? Vino la segunda deportación. En el lugar de Joaquín II, puso Nabucodonosor a Sedecías. Éste obró el mal a los ojos del Señor, su Dios; y no quiso humillarse ante el profeta Jeremías que hablaba de parte del Señor. Además se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar fidelidad en el nombre de Dios. Endureció su cerviz y decidió en su corazón, con firmeza, no volver al Señor, Dios de Israel (2 Cro 36, 12-13). Entonces apareció por tercera vez el ejército de Nabucodonosor cerca de los muros de Jerusalén, que fue tomada por asalto después de 18 meses de sitio. Entonces el Señor hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hombres jóvenes en el interior del Santuario sin tener piedad ni de muchachos ni de doncellas, ni de ancianos ni de viejos; a todos los puso en sus manos. Se llevó a Babilonia todos los objetos del Templo, grandes y pequeños, los tesoros del Templo y los de rey y de los oficiales. Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa. Así se cumplió la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: “Hasta que el país llegue a disfrutar los sábados perdidos, vivirá en un sábado prolongado durante los días de la desolación, en concreto, setenta años” (2 Cro 36, 17-21). Sólo quedaron en la Judea los habitantes más pobres del campo, que se dedicaron al cultivo de la tierra. Esta segunda deportación ocurrió en el año 587 a. de C.

¿Y qué pasó con Sedecías? En un principio, el rey de Judá pudo escapar, pero después fue capturado. Llevado a presencia del rey de Babilonia, que pronunció sentencia contra él. Degollaron a los hijos de Sedecías ante sus propios ojos. Luego hizo sacarle los ojos a Sedecías, lo mandó atar con cadenas de bronce y lo hizo conducir a Babilonia (2 R 25, 7).

Así acabó el reino de Judá, víctima, lo mismo que el de Israel, de sus prevaricaciones contra el Dios de sus padres, después de haber subsistido 345 años, del año 932 a. de C. al año 587 a. de C.

¿Fue para los judíos esta cautividad tan dura como la esclavitud en Egipto? No. Nabucodonosor trató con bastante humanidad a los cautivos, permitiéndoles adquirir tierras, dedicarse al comercio y juzgarse por sus propias leyes, de suerte que los judíos no dejaron de subsistir como pueblo particular. Demostraron gran habilidad en el comercio y en política, por lo cual su condición se mejoró poco a poco, y algunos alcanzaron gran influencia y poder.

¿Qué profetas son de la época de la cautividad de Babilonia? Están Daniel, Ezequiel y Jeremías.

Ezequiel fue un sacerdote y profeta hebreo, exiliado a Babilonia, que ejerció su ministerio durante el cautiverio de Israel en Babilonia y sostuvo el ánimo y la fe de los cautivos diseminados por las márgenes del río Éufrates. A diferencia de otros profetas, Ezequiel decía captar importantes revelaciones en forma de visiones simbólicas de parte de Dios, por lo que se caracteriza por las descripciones detalladas de sus visiones.

Ezequiel fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín I de Judá e internado en la región de Caldea. Cinco años después, a los treinta de su edad, Dios lo llamó al cargo de profeta, que ejerció entre los desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a. de C.

A pesar de las calamidades del destierro, los primeros cautivos (los deportados en el año 597 a. de C.) no dejaban de abrigar esperanzas de que el cautiverio terminaría pronto y de que el Señor, Dios de Israel, no permitiría la destrucción de la santa ciudad de Jerusalén y de su Templo. Había, además, falsos profetas. Estos engañaban al pueblo prometiéndole, en un futuro cercano, el retorno al país de sus padres. Tanto mayor fue el desengaño de los infelices cuando llegó la noticia de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo. No pocos perdieron la fe y cayeron en la desesperación. La labor del profeta Ezequiel consistió, principalmente, en someter a la amonestación, llamar al arrepentimiento, y combatir el paso de los judíos a la religión de los conquistadores. Predicó contra la corrupción moral y la práctica de costumbres babilónicas (que él consideraba bárbaras). Y proclamó contra ideas erróneas acerca del pronto viaje de retorno a Jerusalén. Para consolarlos escribió Ezequiel, con los más vivos y bellos colores, las esperanzas del tiempo mesiánico. Las profecías de Ezequiel descuellan por la riqueza de alegorías, imágenes y acciones simbólicas de tal manera que san Jerónimo las llama “mar de la palabra divina” y “laberinto de los secretos de Dios”.

El profeta Jeremías vivió del año 650 a. de C. al año 585 a. de C. Es otro de los profetas mayores. Además de ser el autor del libro de Jeremías, escribió el libro de las Lamentaciones. Era un hombre sensible y tímido de ordinario, pero de sublimes arranques cuando hablaba por inspiración de Dios. Sufrió grandes persecuciones por parte de los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, y varias veces estuvo a punto de ser condenado a muerte, pero al fin su virtud y su justicia fueron reconocidas por el pueblo, cuando éste, en castigo de sus propios pecados, fue llevado a Babilonia.

La labor de Jeremías fue llamar al arrepentimiento al reino de Judá y principalmente a los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, debido al castigo impuesto por Dios de que serían conquistados por los caldeos si no volvían su corazón hacia Dios. Su vida como profeta se caracterizó por soportar con una férrea entereza los múltiples apremios y acusaciones que sufrió a manos de estos reyes y de los principales de Israel, desde azotes hasta ser abandonado en estanques o encerrado entre rejas.

Con sus profecías sobre la invasión de los “pueblos del norte” (Babilonia) desafió la política y el paganismo de los últimos reyes de Judea, y anunció el castigo de Dios por la violencia y corrupción social, que rompían la alianza con Dios: Hablan de paz, pero no hay paz, escribió.

La primera versión del libro de Jeremías fue destruida a fuego por el rey Joaquín I, bajo cuyo gobierno el profeta vivió en continuo peligro de muerte. La persecución contra Jeremías se acrecentó bajo el mandato de Sedecías. Éste a pesar de reconocerlo como portador de la palabra de Dios, lo trató con crueldad y lo acusó de espía de los babilonios, porque el profeta proclamó que el reino Judá sería destruido si no se arrepentía de sus pecados y de no retomar la alianza con Dios. Jeremías llegó a lamentarse por su destino, pero finalmente decidió continuar su misión profética.

¿Y Daniel…? Entre los cautivos había bastantes hijos de familias nobles y distinguidas, como lo eran Daniel, Ananías, Misael y Azarías, descendientes de la sangre real de David. Encantado el rey de Babilonia de las bellas cualidades de estos jóvenes, los hizo educar a su lado, con intención de agregarlos a su servidumbre. Dios recompensó las virtudes de estos jóvenes y su fidelidad a la Ley de Moisés concediéndoles una sabiduría nada común, y a Daniel, el don de interpretar sueños. En poco tiempo llegaron a gozar del favor del rey y a desempeñar cargos importantes en la corte real.

Siendo Daniel muy joven se había dado a conocer porque salvó de una ignominiosa muerte a una virtuosa mujer llamada Susana, acusada falsamente por dos viejos infames.

¿Cómo lo consiguió salvarla? Susana era una mujer casada, bella y temerosa de Dios. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la Ley de Moisés. Su marido Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. La hermosura de Susana levantó deseos lujuriosos en dos ancianos perversos. Ambos estaban locos de pasión por ella, pero no se comunicaron su pena el uno al otro, pues les daba vergüenza manifestar su deseo ya que querían unirse a ella. Cada día acechaban ansiosamente para verla (Dn 13, 10-11). Un día los dos ancianos se confesaron su deseo y planearon juntos el momento propicio en el que pudiera encontrarla sola. Y esto ocurrió un día cuando Susana salió de su casa acompañada de dos criadas para bañarse en el jardín porque hacía mucho calor. Nadie estaba en el jardín excepto los dos ancianos, que se habían escondido. Susana dijo a las criadas: Traedme el aceite y los ungüentos, y cerrad la puerta del jardín mientras me baño (Dn 13, 17). Cuando se fueron las criadas, los dos ancianos fueron hacia ella y le dijeron: “Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que danos tu consentimiento y únete a nosotros. Si no daremos testimonio contra ti de que un joven estaba contigo y por eso habías mandado afuera a las criadas”. Susana lanzó un gemido y dijo: “Estoy atrapada por todas partes: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero mejor es para mí no hacerlo y caer en vuestras manos que pecar delante del Señor” (Dn 13, 20-23). Ante la negativa de Susana, los ancianos la denunciaron por adúltera, diciendo: Mientras nosotros paseábamos solos por el jardín, salió ésta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces llegó hasta ella un joven que estaba escondido y se unió a ella. Nosotros estábamos en una esquina del jardín y, al ver aquella iniquidad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a ésta la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. De este damos testimonio (Dn 13, 36-41). El pueblo reunido en asamblea creyó a los ancianos, y Susana fue condenada a muerte. Cuando la llevaba para ejecutarla, apareció Daniel, que gritó con fuerte voz: “Yo soy inocente de la sangre de ésta”. Toda la gente se volvió hacia él, y le preguntaron: “¿Qué es eso que estás diciendo?” Él, en pie en medio de ellos, contestó: “¿Tan necios sois, hijos de Israel? ¿Así, sin hacer juicio ni conocer toda la verdad, condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque ésos han dado falso testimonio contra ella” (Dn 13, 46-49). Entonces Daniel llamó a los dos ancianos infames para interrogarles separadamente. Primero llamó a uno y le preguntó bajo qué árbol vio a Susana abrazado con el joven. El anciano contestó: Debajo de la acacia (Dn 13, 54). Después llamó al otro para hacerle la misma pregunta. Éste respondió: Debajo de la encina (Dn 13, 58). Y así demostró Daniel que los dos ancianos habían dado falso testimonio contra Susana. El pueblo actuó según la Ley de Moisés y dieron muerte a los dos viejos perversos. De esta forma salvó Daniel a Susana de una muerte injusta.

 

 

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