Los Cónclaves (El veto o derecho de exclusiva)

EL VETO O DERECHO DE EXCLUSIVA

 

A partir de mediados del siglo XVII se fue introduciendo el llamado derecho de exclusiva o veto en los cónclaves, como una forma bien precisa de influencia de los monarcas católicos en la elección de los papas. Con este pretendido derecho algunas naciones excluían a determinados cardenales, impidiéndoles alcanzar la tiara pontificia.

 

El veto fue sufrido a la vez que tolerado por la Iglesia sin rasgarse las vestiduras al considerar a las naciones que se arrogaban este seudoderecho como protectoras suya, y, también, por el temor de que en caso de contrariarlas, estas naciones causaran un daño grave a la religión católica.

 

Pocos fueron los cónclaves de los siglos XVII y XVIII en los que no se hiciera uso del derecho de exclusiva. De él se sirvió España en 1644 para impedir la elección del cardenal Sacchetti, propuesto por el cardenal Barberini, por ser amigo del cardenal Mazarino y, por tanto, partidario de la corona francesa. En el cónclave de 1655, nuevamente Sacchetti encontró la hostilidad del partido español. En este cónclave, además de España, también Francia excluyó a un cardenal.  En 1669 es Francia de nuevo quien puso el veto. El cardenal Benedicto Odescalchi fue el excluido. En el siguiente cónclave, celebrado en 1676, el rey francés, Luis XIV retiró el veto, y el cardenal Odescalchi fue elegido papa. Tomó el nombre de Inocencio XI.

 

Ya en el siglo XVIII, en 1721, el emperador de Austria, Carlos VI, impidió por medio de su ministro el cardenal Athan que el cardenal Paloucci fuese elegido papa, cuando estaba a punto de obtener la tiara. El excluido agradeció sinceramente al que juzgándole sin méritos para ocupar la Sede de San Pedro le apartaba de la carga y de la responsabilidad del Pontificado. Nueve años después, cuando murió Benedicto XIII, en un turbulento cónclave, el cardenal Imperiali, estando a punto de ceñir la tiara -le faltaba un solo voto para la mayoría de los dos tercios, que muy bien lo hubiera conseguido en la accesión-, fue excluido por el cardenal Bentivoglio, en nombre del rey de España. A esta exclusión también se adhirió Francia. Además de Imperiali, el otro candidato que contaba con más probabilidades de ser elegido, el cardenal Corradini, también fue vetado. Y Francia, otra vez, hizo uso del veto en el cónclave de 1758. Dos influyentes cardenales, Corsini y Portocarrero, patrocinaron la candidatura del cardenal Cavalchini, y el 28 de junio estuvo a punto de ser elegido, pero el cardenal Luynes interpuso el veto en nombre del monarca francés.

 

Durante el siglo XIX es Austria la que más frecuencia hace uso del derecho de exclusiva. No hubo ningún cónclave sin que el emperador austríaco procurara intervenir en él con el veto. En el cónclave que comenzó en el año 1799 el cardenal Herzan, en nombre de su Majestad Apostólica, excluyó al cardenal Bellisoni, designando a la vez como candidato imperial al cardenal Mattei. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VII (año 1823) encargó al cardenal Albani que pronunciara ante el Sacro Colegio el veto contra el cardenal Severoli, antiguo nuncio en Viena. Seis años más tarde, a la muerte de León XII, es de nuevo encargado Albani de poner el veto contra el cardenal De Gregorio. En el cónclave siguiente a la muerte de Pío VIII, el cardenal imperial fue una vez más el elegido por Austria para el ejercicio de su derecho de exclusión, mas no llegó a utilizarlo, no por propia voluntad sino por el desarrollo de la elección. Albani tenía orden de excluir al mismo cardenal vetado en el cónclave anterior, celebrado apenas un año antes, pero De Gregorio, antes de que se pronunciara contra su persona el veto, hizo que los electores se fueran decidiendo por el cardenal Capellari. Ante esta nueva candidatura, tampoco deseada por el emperador austríaco, Albani decidió esperar al momento que él creía más propicio para poner el veto al cardenal Capellari, en caso de que el nuevo candidato se acercara a la mayoría de los dos tercios. Pero el 2 de febrero de 1831 Capellari, sin que en las votaciones anteriores se acercara a la mayoría requerida de tal forma que su candidatura apareciera como segura, recibió 32 votos de los 41 posibles, con los que superaba los dos tercios exigidos para ser papa. Este resultado totalmente inesperado no dio lugar al veto imperial.

 

Tampoco pudo ejercer la corona austríaca el derecho de exclusión en el cónclave de 1846. El deseo del emperador de Austria era excluir al cardenal Mastai Ferretti, arzobispo de Imola, pero el cardenal Gaisruck, arzobispo de Milán, encargado de poner el veto, llegó a Roma cuando ya Mastai Ferretti era pontífice con el nombre de Pío IX.

 

Francia durante el siglo XIX hizo uso del derecho de exclusiva de forma moderada. En el cónclave de 1823 Luis XVIII hizo saber a los cardenales franceses, por medio de su embajador en Roma, que -sin excluir formalmente a nadie- deseaba la elección de un hombre moderado, equidistante por igual de todas las potencias católicas. No fue, pues, un veto propiamente dicho. Cuando fue elegido papa el cardenal Castiglioni, en el año 1829, Francia -partidaria de éste- estaba decidida a poner el veto contra el cardenal Ferch, o contra el cardenal Albani, en caso de que uno de estos dos salieran en los primeros escrutinios como firme candidato a la tiara pontificia. Ninguno de los dos obtuvo un solo voto. Lo mismo ocurrió en el cónclave siguiente: el cardenal D’Isord había sido encargado de hacer uso de la exclusiva contra el antiguo nuncio en París, cardenal Macchi, pero no se llegó a pronunciar el veto, pues el cardenal Macchi no obtuvo en ninguna votación más de doce votos, bien lejos de la mayoría requerida de los dos tercios. En los restantes cónclaves del siglo XIX, Francia sólo manifestó su deseo de que el elegido fuera italiano.

 

España usó del derecho de exclusiva durante el siglo XIX en contadas ocasiones. Una vez fue en el cónclave del que salió elegido Gregorio XVI. Ya en la elección anterior, el gobierno español había encargado al cardenal Gravina que pronunciara la exclusión contra el antiguo nuncio en Madrid, cardenal Giustiniani, pero no fue necesario que hiciera la declaración del veto, pues el candidato no grato a España no llegó a conseguir más de cuatro o cinco votos; pero al año siguiente, en un nuevo cónclave, después de 22 días de operaciones electorales, el 7 de enero de 1831 Giustiniani consiguió 21 votos, a solo ocho para alcanzar la tiara. Fue entonces cuando el cardenal Marco y Catalá pronunció el veto contra Giustiniani.

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