Homilía del Domingo V de Cuaresma (Ciclo C)

DOMINGO V DE CUARESMA (C)

Lecturas: Is 43, 16-21; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11

Compasión con los pecadores. Los escribas y fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio. La Ley de Moisés mandaba lapidar a las adúlteras. La pregunta que hicieron a Jesucristo era insidiosa. Si el Señor se mostraba indulgente, le acusarían de no respetar uno de los preceptos de la Ley. Si, por el contrario, se decidía por la lapidación, dirían de él que no hacía lo que predicaba: que había venido a salvar a los pecadores; que traía el perdón de los pecados y la misericordia de Dios.

El que esté sin pecado, que tire la primera piedra. Nadie se atrevió a tirar piedra alguna; ninguno estaba libre de pecado; todos se marcharon. Y quedó Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Jesús, siendo la misma Inocencia, no condena a la mujer. La misericordia infinita de Dios nos ha de mover a tener siempre compasión de quienes cometen pecados, porque también nosotros somos pecadores y necesitamos el perdón de Dios. Que el Señor aleje de nuestro corazón todo juicio y condenación.

Gravedad del adulterio. Anda y en adelante no peques más. Con estas palabras Jesucristo dio sentencia de condenación contra el pecado, pero no contra la mujer. El adulterio es un pecado grave. Cristo condena incluso el deseo de adulterio. Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón (Mt 5, 28). San Pablo excluye a los adúlteros del Cielo: No os engañéis: ni los fornicarios, ni lo idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.

Testimonio de fidelidad. Desgraciadamente, hoy en día hay muchos matrimonios rotos. La Iglesia, fiel a Jesucristo, no admite el divorcio. El matrimonio es indisoluble. Los bautizados que se divorcian y contraen civilmente nuevo matrimonio -sólo válido para el Estado, pero no para la Iglesia ni para Dios- viven en adulterio. Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10, 11).

Dan testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial las parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad (…). Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión; también éstos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad (Juan Pablo II).

 

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