Homilía de la Solemnidad de San José (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ (C)

Lecturas: 2 S 7, 4-5a.16; Rm 4, 13.16-18.22; Mt 1, 16.18-21.24a

Junto a Jesús y a María. La Iglesia celebra hoy la Solemnidad de San José. Los Santos Evangelios no han recogido palabra alguna del esposo castísimo de la Virgen María, pero su silencio está lleno de elocuente grandeza. Ningún hombre ha estado nunca tan cerca de Jesús. ¿Acaso las palabras pueden sustituir al gozo de la compañía? No necesitamos decir nada si Cristo vive en nosotros. Por eso todos los santos han tenido una especial predilección por san José. Su secreto estaba, justamente en lo esencial: ser de Cristo, vivir en Él, con Él y para Él.

El beato Pío IX encargó a un pintor un cuadro de la Coronación de la Virgen. La pintura la representaría en la gloria, entronizada por las tres Personas Divinas y rodeada de ángeles y santos. Al presentarle el pintor el boceto, el beato Pío IX lo examinó despacio, y dijo al artista: Bien, pero no veo a san José. Replicó el pintor que lo pondría en sitio destacado entre los santos. Entonces el Papa, señalando con el dedo a Jesucristo y la Virgen repuso de modo categórico: Nada de eso. Es allá, al lado de Jesús y de su Madre, y únicamente allá, donde debéis poner a san José.

Aprender de san José. Para estar muy cerca de Jesús hay que tratar mucho a su Madre, Santa María, y a san José, que Dios quiso que hiciera de padre de Jesús en la tierra. San José nos da una santa envidia por su cercanía con Jesús y María. Nuestro deseo es vivir como él: muy pegados a Jesús; queremos aprender de él la forma de vivir las virtudes, de santificar el trabajo y la vida familiar. San José, enséñanos a tratar, a querer a Jesús; llévanos a tu hogar, la casa de Nazaret, para estar allí con Jesús y Santa María.

San José es Maestro de la vida interior y guía segurísimo para caminar con paso firme y rápido hacia el encuentro diario con Dios en todos los quehaceres terrenos, y luego, definitivamente, en la gloria del Cielo (Mons. Javier Echevarría). Por eso aconsejaba santa Teresa de Jesús: Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo (San José) por maestro y no errará en el camino.

Varón justo. San José, el esposo fiel y delicado de María, es un santo que impresiona por su silencio. El evangelista san Mateo nos dice que era un varón justo, y que sabía seguir la voz de Dios para proteger al Niño Jesús; un hombre que sabe escuchar a Dios y cumplir la voluntad divina. Más que de palabras, es un hombre de hechos. Sobresale en la vida de san José una estupenda docilidad, una excepcional prontitud en obedecer y ejecutar. No discute, no duda, no aduce derechos y aspiraciones. Se somete totalmente a la palabra que se le dirige.

Descendiente de David, trabajaba como artesano. A veces, ha sido representado en las imágenes como un venerable anciano, alguien que sólo sería capaz de respetar la virginidad de María haciendo de la necesidad virtud. Pero san José fue un hombre joven, alguien que supo amar con delicadeza y ternura a María, su virginal esposa, y alguien que encontró su fuerza en la fe para respetar los caminos de Dios. Él nos enseña la compatibilidad de la castidad con el vigor de la juventud.

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