Los Cónclaves (Pleno de participación en un Cónclave)

PLENO DE PARTICIPACIÓN EN UN CÓNCLAVE

 

Actualmente, con los medios de transporte, no será difícil la participación en el cónclave de todos los cardenales electores. La no participación de algún que otro cardenal en futuros cónclaves no estará motivada por lejanía en el espacio como ocurría en siglos pasados, sino quizá por enfermedad o por cualquier otro motivo. Así, por ejemplo, no asistieron al cónclave de agosto de 1978 el norteamericano John Wright y el polaco Filipiac por encontrarse enfermos. Dos meses después, una mejoría permitió al cardenal americano asistir al nuevo cónclave, cosa que no sucedió con el polaco, pues la enfermedad que padecía le llevó a la tumba.

 

En el cónclave de 1958 no participaron los cardenales Stepinac, arzobispo de Zagreb, y Minsdszenty, primado de Hungría. El primero por estar confinado en su pueblo natal por las autoridades del régimen comunista de Tito, dictador de Yugoslavia; y el segundo, por encontrarse refugiado en la embajada de los Estados Unidos en Budapest.

 

Sin embargo, en el cónclave anterior, el de 1939, hubo pleno de asistentes. Los 63 cardenales que componían el Sacro Colegio pudieron llegar a tiempo para elegir al sucesor de Pío XI. El último en llegar fue monseñor O’Connell, arzobispo de Nueva York, que en el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica se encontraba en Honolulú, capital de Hawaii, archipiélago en pleno océano Pacífico. El presidente norteamericano Roosevelt puso a su disposición un crucero que le trasladó de Nueva York a Nápoles. Y de esta ciudad marítima viajó a Roma en un automóvil de la embajada norteamericana que le estaba esperando en el puerto.

 

Algunos de los participantes de este cónclave fueron: Della Costa, arzobispo de Florencia; O’Connell, arzobispo de Nueva York; Pacelli, Secretario de Estado; Schuster, arzobispo de Milán; Maglione, antiguo nuncio en París; Verdier, arzobispo de París; Hlond, primado de Polonia; Innitzer, arzobispo de Viena; Suhard, arzobispo de Reims; Faulhaber, arzobispo de Munich; Gerlier, arzobispo de Lyon; Segura, arzobispo de Sevilla; Liénart, obispo de Lille; Baudrillart, rector del Instituto Católico de París; Tisserant, miembro de la Curia romana; Granito di Belmonte, Decano del Sacro Colegio.

 

Menos suerte que O’Connell tuvieron los cardenales americanos en el cónclave de 1922. Cuando llegaron a Génova ya había sido elegido Pío XI. Días después, cuando fueron recibidos en audiencia por el nuevo pontífice, le dijeron: Estamos encantados con la elección que ha hecho el Sacro Colegio, pero nos hubiera gustado haber participado en ella. Pío XI tuvo en cuenta estas palabras y con el motu proprio Cum proxime amplió en cinco días período de tiempo que debe transcurrir desde el fallecimiento del papa hasta la entrada de los cardenales en el cónclave, con el objeto de que pudieran intervenir en el mismo los cardenales residentes en naciones no europeas.

 

En el primer cónclave del siglo XX participaron 62 cardenales. Sólo dos cardenales no pudieron acudir al cónclave: Celesin, arzobispo de Palermo, por encontrarse enfermo; y Moran, arzobispo de Sidney, por demora del largo viaje.

 

En el primer cónclave del tercer milenio participaron 115 cardenales de los 117 que tenían derecho por ser menores de ochenta años. No acudieron al cónclave el cardenal James L. Sin, de Filipinas, y Alfonso Antonio Suárez Rivera, de México, por razones de enfermedad. El primero de ellos, cardenal creado por Pablo VI, participó en los dos cónclaves del año 1978.

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