Un pequeño incidente (Del libro “Brisa de primavera”)

Cuando llegaron a un lugar con varias casas relativamente próximas unas de otras, se acercaron a la primera. Ahora estaban seguros de que pronto su búsqueda obtendría el resultado apetecido. La casa era un antiguo caserón restaurado y acondicionado, que estaba rodeada de una cerca de piedras semiderruida, y todavía en algunas partes conservaba su alambrada de espinos.

-Preguntemos aquí, dijo Conrado.

La puerta de la fachada daba la impresión de no usarse, por lo que se fueron a la parte de detrás en busca de otra puerta, después de cerrar la cancela por la que habían entrado. La encontraron y, cuando Conrado iba a pulsar el timbre, un pastor alemán con sus ladridos les dio un susto mayúsculo. Pablo salió corriendo hacia el murete de piedras, mientras que su primo optó instintivamente por quedarse quieto. Siempre había oído el refrán: perro ladrador, poco mordedor, y que no es conveniente correr cuando un perro ladra; pero para eso hay que tener mucha sangre fría, que él demostró tener en esa ocasión. Afortunadamente, el perro estaba sujeto con una cadena -más bien corta- que le impedía llegar hasta el sitio donde Conrado estaba. Éste, al darse cuenta, gritó a Pablo:

-¡Vuelve, vuelve!

Sin embargo, su primo no volvió. Su suerte fue adversa. Al saltar la cerca, con el pie izquierdo derribó varias piedras, y su pantalón bermudas quedó enganchado por un espino de los alambres que se lo rasgó de arriba abajo, dejando al descubierto el slip y, parcialmente, el trasero. Todo esto hizo que cayera al suelo, lastimándose la rodilla derecha y haciéndose unos rasguños en las palmas de las manos, pues las colocó para evitar dar con la cara en el suelo. Sacudiéndose el polvo estaba cuando llegó Conrado. Al verse, ambos rieron. Más cómica y ridícula no podía ser la situación, que fue definida por Pablo de kafkiana.

-¡Maldito perro!, exclamó Pablo, añadiendo: -Y ahora, ¿qué hacemos?

-Lo primero, curar tu herida. Estás sangrando un poco por la rodilla.

-No es nada. Me di al caer con una piedra y me produjo un pequeño corte, pero ya ha dejado de salir sangre.

            -Sí, pero hay que limpiarla. Toma mi pañuelo; está sin usar, y límpiate. ¿Te duele la rodilla?

            -No, nada. Tengo también unos rasguños en las manos, pero totalmente superficiales. Si hubiera agua por aquí… 

            -Y el alambre, ¿te ha rasguñado?

            -No lo sé. Pero mira el destrozo que ha hecho. Me he quedado sin pantalón y… ahora, ¿cómo vuelvo a casa sin él?

            Conrado de nuevo se rió. Efectivamente, era un problema. Pero lo primero que hizo fue comprobar visualmente que los espinos no habían tocado las nalgas ni los muslos del accidentado. Un respiro, porque los alambres estaban bastantes oxidados. Para reponerse del susto -y de la carrera, en el caso de Pablo- se sentaron al borde del camino.

            -Pablo, ¿quieres que te cuente un chiste?

            -Bueno, uno; pero hay que pensar en hacer algo. 

            -Es de vascos. En un bar hay un grupo de hombres jugando al mus en un local anexo. Entra rápido el camarero y dice: ‑“¡Por favor! ¿Está aquí Joseba Gabica? Es urgente. Que vaya rápido al caserío, porque su mujer ha tenido un grave accidente doméstico”. Uno de los jugadores al mus se levanta rápido, va a la puerta, ve una bicicleta, se monta y al cabo de unos metros se cae y se da un porrazo tremendo. Mientras se levanta dice: ‑“Lo tengo bien merecido por precipitado. Ni sé montar en bicicleta, ni tengo caserío, ni estoy casado ni me llamo Joseba Gabica”.

            -O sea, que me he precipitado en salir corriendo… sin comprobar que el perro tenía una cadena.

            -No te des por aludido. Sólo era un chiste. Dijiste que hay que hacer algo…

            -Sí.

            -Pues tendrás que reparar la cerca poniendo las piedras que has derribado.

            -Supongo que lo dices en broma.

            -Tú, ¿qué crees?

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