Homilía del Domingo de Ramos (Ciclo C)

DOMINGO DE RAMOS (C)

Lecturas: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Lc 22, 14-23.56

Páginas ensangrentadas. Un Viernes Santo subió al púlpito fray Luis de Granada para predicar el Sermón de las Siete Palabras. El templo estaba abarrotado de fieles, pues el predicador gozaba de fama por sus sermones. Fray Luis sólo dijo: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, ya que se conmovió de tal forma que no pudo articular ninguna palabra más. Los fieles, viéndole cómo se humedecían sus ojos, también se conmovieron; y aquellas pocas palabras bañadas con lágrimas fueron el mejor sermón de fray Luis de Granada.

Se ha leído el relato evangélico de la Pasión de Cristo. ¿Cómo no conmovernos al meditar las páginas ensangrentadas del Evangelio? Ensangrentadas con la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación. Páginas que ponen de relieve el dolor de Cristo. La piedad cristiana se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, al intuir que constituyen el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación.

Acompañar a Cristo. Hoy, Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa. Durante estos días santos, la Iglesia rememora por medio de la liturgia la Pasión y Muerte de Cristo. El itinerario conmemorativo de estos misterios se abre con la solemne procesión de palmas. Jesús es aclamado en su entrada en la Ciudad Santa. Pero el Maestro conoce que en Jerusalén el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán (Mc 10, 33-34).

El apóstol Tomás nos dice a nosotros, cristianos del siglo XXI: Vayamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Acompañemos a Nuestro Señor no sólo en su entrada triunfal en Jerusalén, sino también en Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse (Juan Pablo II). Y en la vía Dolorosa, seremos otros cirineos, pues cuánta verdad encierra aquella saeta: Dónde vas, Jesús, con ese madero que, aunque seas Dios verdadero, es mucha cruz… esa cruz para el Cordero.

Desagravio. Cuando santa Brígida de Suecia tenía diez años se le apareció Cristo en la cruz y le dijo: Mira cómo estoy herido. La niña preguntó: ¿Quién te ha hecho eso, Señor? Y Cristo le respondió: Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto. La imagen del Crucificado es una llamada acuciante para que desagraviemos a Dios mediante la mortificación, para que reparemos por nuestros pecados con espíritu de penitencia.

En el Calvario, cuando Él soportaba nuestros dolores… ha sido herido por nuestras rebeldías (Is 53, 4-5), sólo un puñado de almas fieles acompañan al Señor. El sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por nuestra salvación, nos habla del amor infinito que Dios nos tiene. Estemos al pie de la Cruz, con la Virgen María, para ofrecer consuelo a Jesús, nuestro Redentor.

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