Homilía del Viernes Santo (Ciclo C)

VIERNES SANTO (C)

Lecturas: Is 52, 13 – 53 , 12; Hb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1 – 19, 42

El Crucificado, Hijo de Dios. Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39). Esta profesión de fe fue proclamada por un centurión romano al ver como había expirado Cristo en la cruz. En el primer Viernes Santo de la historia, en medio de la oscuridad –la tierra se cubrió de tinieblas (Lc 23, 44); se oscureció el sol (Lc 23, 45)- el Crucificado era reconocido como el Hijo de Dios. La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

Detengámonos en esta tarde contemplando el rostro desfigurado de nuestro Redentor: es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes (Benedicto XVI).

Varón de dolores. Todo el cuerpo llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores (San Josemaría Escrivá). Sus pies y sus manos taladrados con clavos; su cabeza atravesada con las punzantes espinas de la corona; su cara golpeada y escupida; su espalda machacada por la terrible flagelación; su pecho atravesado por la lanza; en fin, sus brazos y piernas exhaustos de dolor y fatiga hasta el desfallecimiento.

Y junto con su cuerpo, su alma entera: Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26, 38), dijo Jesús en Getsemaní, como queriendo expresar el sufrimiento de su alma, ese inenarrable dolor interior causado por el abandono de los discípulos y la traición de Judas; por el odio de los de su propio pueblo; por las blasfemias, las burlas y las brutalidades de los gentiles; por la falta de consuelo; por el misterioso abandono con que la Divinidad dejaba padecer su Santísima Humanidad.

Manifestación de amor. La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Los atroces dolores de Cristo en su Pasión, el terrible suplicio de la Cruz, nos enseñan, en una insustituible lección y de la manera más expresiva posible -sin palabras, con hechos- la gravedad infinita del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

Además, esos tormentos físicos y morales de Jesús ofrecen también la más elocuente demostración del amor de Cristo al Padre, pues le da satisfacción por la increíble rebeldía humana por medio del castigo de su propia Humanidad inocente. Y revela el amor a los hombres, sufriendo lo que nosotros deberíamos padecer en justo castigo por nuestras iniquidades. No hay palabras para ponderar el amor de Dios por nosotros manifestado en la Cruz.

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